jueves, 18 de abril de 2019

AQUILINO SALAS SALAS: AQUILEO. Nos queda mucha tela por cortar


AQUILINO SALAS SALAS


Nació don Aquilino Salas el 25 de junio de 1931. En el momento cuenta con 87 años, próximo a cumplir 88. Hijo de Marcos Antonio Salas Posso y Laura Rosa Salas Guerra, primos entre sí, un hecho frecuente en la conformación de las familias de antaño cuando las relaciones se establecían, no por el gusto de la muchacha sino por la recomendación, a veces por la imposición, de los padres sobre su futuro esposo.

Don Marcos y doña Laura tuvieron 9 hijos, cinco hombres y cuatro mujeres: Teresa, Arnolda, Ernestina, Angélica, Ismael, Aquilino, Natanael, Salomón y Enerías. Don Marcos, saliéndose del potrero, tuvo otros cuatro hijos por fuera del matrimonio: Francisco, Antonio, Magdalena y José Benedo. “Me parece que un Franco Guerra, hermano de Albuino, hijo de Ilduara Guerra, parece que lo sindicaban a él (como hijo de don Marcos)”, comenta.

El segundo apellido, Posso, del padre de Aquilino es de los Possos actuales de la Vereda Las Faldas. “Lo más gracioso que me parece, es saber el nombre hasta del tátara tátara abuelo por mi papá. Él fue el que me dio a conocer ese origen”, dice Aquilino. Era Marcos Antonio Salas hijo de Francisco Antonio Salas Valle y Maria del Rosario Posso; Francisco Antonio Salas era hijo de Celestino Salas (Aquilino no recuerda su segundo apellido), y Celestino Salas era hijo de Hilario Salas. Con los años actuales con los que cuenta Aquilino más cuatro generaciones antes estamos retrocediendo en el tiempo aproximadamente 200 años.

Por el árbol genealógico de su madre no recuerda casi nada, “es que ni recuerdo, tal vez sería Alejandro Salas que llamaba el papá de mi mamá…y Amalia Rosa Guerra (…) ella, Laura Rosa, era como sobrina de un Aldemar Guerra y Manuel Guerra, apodado Manuel Lazo. Le dieron ese nombre porque en ese tiempo la repartición de fincas la hacían, la medida no era un metro, sino un lazo. Entonces él dizque fue uno de los peritos de una partición aquí en esta finca de San Juliancito. Heredó pues ese sobrenombre porque sería él el que cargaba los lazos”, comenta.

Aquilino y su padre Marcos Antonio Salas
Aquilino Salas cree que nació en la finca El Madero, de la Vereda El Aura, al noroccidente del municipio a tres horas de camino del casco urbano. Estuvo en la escuela cuando tenía 14 años y solo estuvo seis meses allí. Dice que los padres de familia cometen el error de querer que los hijos hagan lo que fueron ellos.

El conocimiento de las letras y los números se los debe gracias a su madre Laura Rosa. Recuerda, “mi mamá nos enseñaba a Ismael y a mi…Ismael era como más rebelde. Nos enseñó a leer las propias letras (…) recuerdo patentico que yo la primera palabra que yo ajunté fue la palabra n-u-e-v-o. Cualquier día encontré yo un nuevo testamento, uno pequeñito así, y en la pastica me puse a ver, a juntar letras ahí, entonces yo empecé n-u-e-v-o. Entonces ya la dije: ¡nuevo! Esa era primer palabra”.

Don Aquilino en su memoria vuelve a su infancia y recuerda a su madre Laura en su papel de maestra. “Lo gracioso de cuando mi mamá nos enseñaba, ella nos ponía las tareas pa leer y luego nos tomaba las tareas. Ismael, como era más rebelde, y no le gustaba el estudio, entonces mi mamá nos regañaba, o a él que no daba la tarea. Entonces decía él: a mí no me gusta eso, a mí demen un azadón pa´trabajar (remedando el tono de voz). Y yo como me gustaba el estudio, yo me aguantaba calladito y seguía bregando”.

Había en esos tiempos un folleto grande con el cual se aprendía a leer. No está seguro de su nombre pero cree que se llamaba Citolegia. “Yo aprendí a leer ahí. Ahí enseñaba mucho la ortografía. Tenía unas palabras muy largas, decía semipelagianismo; y ahí decía la forma de leer. Decía que después de punto final se suspendía la lectura como si temiese leer lo que sigue (…) me gustaba mucho leer. Yo encontraba en ese tiempo un pedazo de Colombiano, por ahí todo sucio, hasta de caca será, y yo cogía esos mochitos de papel y podía leelos”, dice.
Texto Citolegia con el cual Aquilino mejoró su lectura


Los seis meses que estuvo en la escuela los estudió en la escuela urbana. “Yo no sé cómo me trajo mi papá. Vivía mi tío Justiniano donde es la casa pastoral ahora, (de la iglesia Presbiteriana) y verdad, estudié seis meses. En el campo no había una escuela mejor dicho; si acaso habría escuela en algún corregimiento”, recuerda. El primer maestro de don Aquilino fue Guillermo Calle. El segundo maestro fue Miguel Suárez, padre de Cochise, el esposo de la maestra Deisy Guerra.

No faltan los pormenores de salud que hacen cambiar el rumbo de la vida de cualquier persona. “Estando estudiando yo me enfermé mucho. Entonces mi papá me llevó a Cañasgordas a haceme formular. Salíamos en bestia hasta Uramita. Y por ahí por donde está Pocholín vivía un señor Ismael Restrepo que era el médico aquí. Era el que algún herido, ese era el que lo remendaba (no era médico titulado). Tenía unas cositas ahí, unos frasquitos ahí de medicina, y ahí tenía pues la droga él. Y entonces me trajo él pa´ceme aplicar unas inyecciones que me formularon en Cañasgordas. Ese señor me aplicaba las inyecciones y yo me alenté. Entonces mi papá me llevó pa´la montaña otra vez a trabajar. Mi mamá era la que decía que mi tío Justiniano le había dicho a mi papá: déjeme ese muchacho que yo le doy el estudio. Y él no quiso”, lo recuerda con un poco de nostalgia.

Conoció Aquilino Salas a Virgelina Tuberquia, su esposa, cuando los padres de ella la enviaron a Peque, desde la Vereda San Julián de Barbacoas, para aprender la sastrería. El tutor de ella era don Tulio Valle. “Estando aquí nos distinguimos, pues yo le manifesté, no le caí mal. Ella aprendió la sastrería, luego se volvió a ir pa´la casa y se puso a trabajar, cosiéndole a toda esa gente por allá (…) ya quedamos fue como novios. Yo quedé visitándola cada dos meses. Yo iba el sábado, me quedaba el domingo y el lunes volvía y arrancaba. Duramos dos años de novios. En esos dos años le hice doce viajes”.
Aquilino y su esposa con su primer hijo
Al lado de doña Virgelina, don Aquilino también se hizo sastre pero no le gustó el trabajo. “Uno empleaba por ahí cualquier recurso comprando forro, hilo, botones y todo eso. Hacía uno un pantalón muy contento dizque porque el domingo lo iban a sacar, y ya ve hombre, duraba un pantalón hasta de a dos y tres meses y el dueño sin aparecer. A lo último ya me decepcioné ya porque empezó a venir de una vez la ropa confeccionada, y ahí sí que menos”.

Época de la violencia
Cuando empezó la violencia contaba don Aquilino con 18 o 19 años. Al principio muchos campesinos continuaban en sus labores agrícolas porque no había incursiones de la policía ni de la contrachusma. Pero en la parte final de ella, ante la arremetida de la policía y la contrachusma muchos de ellos se vieron obligados a esconderse, a huir o a engrosar las filas de las guerrillas liberales. “Ya llegó una comisión que se instaló aquí en el casco urbano, y ya uno joven, sintiéndose pues dizque hombre. Entonces yo le dije a Ismael: esta gente se apoderó aquí del pueblo y va a echar a comisionar por las montañas, y encuentra a uno por ahí descuidao, por ahí lo salen matando así facilito. Yo me voy a ir pa´la guerrilla, yo me voy a meter a la guerrilla. Y entonces a él le pareció también buena idea”.

Uno de los comandantes de la zona era Pedro Mazo, cuñado de Aquilino, esposo de Arnolda. Tanto él y su hermano recibieron del comandante, como dotación, escopetas de chispa. “El que comandaba aquí propiamente como de más rango era Azulejo; ese era muy candelero. Él era de por aquí de Renegado. El nombre de él era Juaquín Guerra. A la persona le buscaban el nombre según su aspecto, su fisonomía o su ánimo (así surgían los alias de los guerrilleros)”, recuerda. En la tropa, Aquilino era conocido como Chaparral. Él mismo, con hilo, puso en su camisa este alias por lo que sus compañeros no tuvieron necesidad de buscarle un nombre para identificarlo en la tropa.

En una de las comisiones en las que participó don Aquilino fue hacia Urama, por El Poal, y regresando por San Benito, San José de Juntas y pasando a Urarco. Una jornada de tres días y sin comer. Se decía que en Urama había un cuartel de policía o contrachusma. Se pusieron de acuerdo los comandantes para ir a atacar ese cuartel, no solo de Peque, sino de varios lugares, “allá nos ajuntamos 520 hombres. Allá estaba un capitán gordo que era de por allá de Urrao (…) A mí me dejaron en cierto punto como de seguridad (de regreso). Si iba el enemigo ahí, ahí se les disparaba, y ya los que estaban en otra parte también se alistaban para ver qué era lo que pasaba”, asegura.
Posa para la foto con fusil y gorro prestado
de un soldado amigo


La mayor preocupación de los chusmeros era mantenerse con vida, no había preocupación por el alimento porque no había. De vez en cuando en alguna comisión se probaba la carne, sin sal, por el sacrificio de un animal arrebatado al enemigo. Así lo describe Aquilino: “tres días sin comer. De allí de Urama mataron una novilla y nos repartieron de a libra de carne envuelta en unas hojitas. Me la amarré aquí (en la cintura), envuelta en esas hojas, y al andar por ahí por cerradal, por rastrojo, por medidas de seguridad no podía andar por los caminos, y a medio día esa libra de carne boliando ahí pelada apenas que amarrada con la cabuya (risas), se le había acabado la hoja. Y que no se podía prender candela en el día que por ahí se veía el humo, y que de noche también se veía la luz”. Cuando se podía encender una fogata en el transcurso de una comisión, el tiempo y el peligro no permitía hacer las cosas bien, y cuando la carne se ponía en un palo para asarla, lo que se conseguía era ahumarla, pero así se consumía.

La dentadura natural y en buen estado era una ventaja para quien hacía parte de las filas. Así mismo ir en la retaguardia daba otras probabilidades. “Por ahí llegamos a unos cañaozales, pero los que tenían dentadura buena, pues muy bien, pero yo le que hacía era machacar y chupar. Los lanteros se comían las naranjas, los bananos que encontraban por ahí maduros, por ahí en esas cementeras por ahí de paso. Y los traceros, nos comíamos las cáscaras”, asegura.

La sal en la época de la violencia era un recurso de muchísimo valor. Quien la tuviese, tenía la posibilidad de preparar una sopa rápida con ausencia de granos, verduras y condimentos. “Cuando llegaba a ciertos puntos que había agüita, entonces cogía una hoja y hacía una copita así, le echaba un sentidito de sal y me lo bogaba. Y esa era pues toda la comida, ¡oiga! Esa era la comida, y de no echarle más nada y de aguantar hambre, a lo último lo que nos agarraba era un curso”, recuerda.

Hubo una comisión en la que Aquilino no pudo participar por cuestiones de salud. “Llegamos a una vereda que llama la Llorona (al occidente de Los Llanos), y así pasamos la noche todos emparrandaos y tomando caldo ´e vaca sin sal. Y ahí fue ´onde yo salí y era yo cada ratico pa´un lado del camino, metiéndome a hacer las necesidades…y mal, como se dice, suelto el estómago. Y sabiendo que la jornada era de días, no era de aquí a allí. Imagínese que era pa´subir a Paramillo y bajar por ahí y salir por los lados de Dabeiba, un punto Chambuscaos. Entoces, si yo me voy así lo que me salgo es muriendo por allá. Yo bien débil, ahh, y pa´guantar hasta sin comer. Eh, no voy, yo me voy a devolver. Me hice a un lado del camino, hice la necesidad (…) y yo me devolví”.

Los hombres de las filas que se hacían arrestar (disciplinar) por los mandos por alguna circunstancia, eran encomendados a Aquilino para que fuesen a hacer retén en un punto llamado la Esperanza, arriba de San José.

Fusil grass. Este tipo de armas en algunas ocasiones
eran arrebatadas a la policía y a la contrachusma
Otra de las comisiones en las que participó Aquilino fue a Pocitos, “donde hirieron a Azulejo y mataron a otro apodado El Perro”, asegura. El operativo estuvo mal coordinado ya que fueron los mismos compañeros quienes hirieron con un grass a Azulejo en el muslo. Rodearon una casa de cancel y dispararon sin tener en cuenta que los proyectiles traspasaban la casa de lado a lado; uno de estos hirió al Azulejo. “Ese señor sufrió mucho. Del Aura se lo llevaron para abajo, para El Higuerón, en una trojita por allá (…) que va y de pronto una comisión no lo encontraran por ahí herido y que lo acabaran de matar. A lo último se le canceró esa herida hasta que a lo último… (ya se sabe el final)”, comenta.

El difunto Azulejo era sin agüeros, era muy candelero. En una noche se vino de Boquerón con Ruben, Aquilino y otro. Se aproximaron por los potreros y rastrojos por donde hoy queda el caserío JD y el potrero de Walter Hernández. El Azulejo pidió a sus compañeros que lo esperasen, no les pidió que lo acompañasen ni mucho menos que le cubriesen la espalda. De manera furtiva subió por la calle Nariño … y de buenas para la policía y de malas para el chusmero, que ninguno de ellos le dio papaya. Tenía la policía el comando de operaciones en lo que hoy es la iglesia presbiteriana. En la parte de afuera tenían sus trincheras con piedras.

En aquellos tiempos no había ni médicos ni enfermeros en medio de la tropa. La chusma liberal no tenía acceso a los analgésicos  y sedantes. Los heridos en acción tenían que padecer el rigor del dolor mientras sus compañeros los cargaban al hombro o en barbacoa hacia lugares seguros, apartados del enemigo, para que se recuperasen, o en el peor de los casos, para que muriesen.

Comenta Aquilino que el arma que cargaba en la violencia era una carabina de 18 tiros la cual la tomó el difunto Perro de uno de los contrachusmeros que venían por los lados de Sabanalarga. Estos se quedaron sin munición en un cafetal porque hacían muchos disparos para asustar a la gente olvidando que se podían quedar sin munición. “El contrachusmero apenas vio al difunto Perro, dizque lo encañonó, pero no tenía pertrecho y el difunto Perro no le comió carreta y se le fue a machete y ese hombre de susto dejó la carabina”.

A la policía acantonada en Peque y en Los Llanos no le quedaba fácil movilizarse ya que los chusmeros montaban retenes en sitios estratégicos. Había cuartel en Las Lomas, retén en Boquerón (el filo al frente del pueblo), en Popal, arriba de San José. La policía de Los Llanos recibía el mercado de Ituango y estos traían la parte del mercado a la policía de Peque. El primer “queme”, asalto, que le hizo la chusma a la policía que bajaba de Los Llanos fue en Las Faldas en el sitio conocido como Las Tapias, sitio de propiedad de Juaquín David, padre de Enrique David.

Cena familiar conmemorando sus 87 años

En la violencia los caminos se abandonaron cubriéndose de rastrojo. Para evitar sorpresas, la policía de Los Llanos, con ayuda de los contrachusmeros, rozaron el camino, formaron rollos de rastrojo y los rodaron hacia abajo sin percatarse que le estaban haciendo un favor a los chusmeros al cubrir y ocultar los huecos y cuevas desde los cuales eran vigilados. El trabajo estaba coordinado entre los chusmeros que se ubicaban en El Tablazo y los que se encontraban dispersos por el camino de Los Llanos. En El Tablazo estaba Alejandro David, alias Sanchecerro. Se le encomendó a Sanchecerro, como señal para los chusmeros que estaban ocultos en el camino de Los Llanos, extender una sábana blanca cuando la policía partiese de Los Llanos hacia Peque. Llegó el momento de aplicar el santo y seña, y Sanchecerro no solamente extendió la sábana sino que se largó a silbar lo cual puso en alerta a la policía. Sin embargo la policía siguió adelante, “y Pedro Mazo les quemó uno y no pudo hacer más porque la escopeta se le encascaró, era una escopeta grass, que era de manubrio como un grass. Y Dominguito, ese martilló y no le dio fuego la escopeta, y ya tuvieron que volasen”, agrega.

Una anécdota graciosa de guerra que recuerda Aquilino es aquella en la que montando guardia con un chusmero conocido como Cartagüeño, en uno de los huecos de vigilancia por los lados de Popal. Éste, sentado con los codos apuntalados en los muslos, las manos sosteniendo sus mejillas y los ojos abiertos mirando al frente, permaneció largo rato en esta posición. Sorprendido estaba Aquilino al ver a su compañero de guardia aguantar tanto tiempo con la atención fija hacia el horizonte. “Yo ya cansao de estar parao, y ese hombre en esa posición, ehh! ¡Que hombre si que aguanta en esa posición, hombre! Me le asomo por debajo, y era una lunita algo pardita pero se veía. Me le asomo, hombre pero dooormidoo. Cojo una pajita y le hago así (en la nariz). Y el hombre, sniff, sniff. ¡Oiga!, ¡yo que me moría de la risa!”, lo recuerda con risa.
Con su esposa Virgelina


Hubo un dragoneante del ejército de apellido Rodríguez, que por cosas del amor o del destino le tocó enfilarse en la chusma. En las filas de la guerrilla liberal le fue dado el rango de teniente. Cuando este dragoneante pagó su servicio militar venía a visitar a Peque a Oliva Hurtado, hermana de Toño Chumbimbo. Estando en amoríos con Oliva no pudo regresar a su casa porque en Uramita había retenes y quien se atreviese a movilizarse terminaba muerto. El reservista no tuvo más opción sino que “preguntó dónde estaba la guerrilla, y ellos estaban al frente de Iracales (al otro lado del cañón) en un sitio que llama Algarrobal. Entonces se fue pa´lla. Como quien dice, ya me tocó quédame por aquí”.

El teniente Rodríguez era malo o se hizo malo. Mató a Kico Chancí, llamado León de Apure, en el parque por donde se encuentra la imagen de la India Peque. “Con ese fusil le martillaba a ese señor, y ese señor amasaito así de las manos pa´tras (el arma no daba fuego) – Mi teniente, ese pertrecho está frío – Entonces había otro soldado ahí de los que se habían salido con fusil (por estos lados, algunos soldados se habían volado con los fusiles y se metieron a la guerrilla). – ¡Mi teniente, dispare con este que este no niega candela ni en los infiernos! Oiga, de verdad. Lo que pasaba es que parece que ese señor como que sabía cosas,  el fusil de ese Rodríguez no estaban cruzadas y el otro tenía las balas cruzadas y entonces ahí si cayó”.

Sindicaban al León de Apure de quedarse con el pertrecho, o sacar parte del pertrecho, que mandaban de afuera para los liberales con él. Lo sindicaban de que vendía el pertrecho, incluso a las misma guerrilla liberal. “Entonces por eso le cogieron falla, o lo vendía, o sí. Entonces por eso lo mataron”.

Todo hombre malo tiene su fin y el del teniente Rodríguez fue en una comisión que se envió a Guacharaquero incluso cuando la situación estaba ya buena. “Ya el tiempo arreglado. Como es que meten una comisión dizque pa´Guacharaquero por allá dizque a donde unos godos que habían por allá. Más ni nada había. Por allá los cogió la policía y la contrachusma y de allá los derrotaron. De lejos se disparaban. Él como muy guapo ´izque se paró derecho ´izque a´cele sonar una pistola, a disparales con una pistola como pa´que oyeran que sí tenían con qué. Y ahí mismo llegó una bala del enemigo, y dice Ismael que hasta paró las patas cerquita de él. Algunos compañeros salieron con él arrastrándolo pa´no dejalo ahí…y verdad, a él lo trajeron”.

Cuando terminó la época de la violencia y asumió la presidencia el general Gustavo Rojas Pinilla, este convocó a los guerrilleros liberales a que se presentasen con el propósito de brindarles amnistía. “Sé que el comandante que se presentó con nosotros fue Miguel López, El Aguilón. (Él vivió con Elda López por aquí en Las Faldas. Él era de por allá debajo de Montarrón). Nos presentamos con las armas, con lo más malo, un arma en dos pedazos: la cacha separada de la caja. Eso lo recibían ahí y eso lo llevaban pa´ presentalo por allá. A nosotros nos llevaron, entonces nosotros nos fuimos con el ejército. De aquí fuimos a Juntas, eso era a pie. Ahí en el camino a uno mismo, de los guerrilleros que iban a presentarse les ayudaba a cargar el armamento. Amanecimos en Juntas en el cuartel de los soldados que había allá. De ahí nos madrugamos, nos fuimos hasta Uramita y ahí nos montaron en carro, en jaula, nos llevaron a Medellín. Ahí nos tuvieron como 20 días. Estábamos era aguantando hambre allá”, asegura.

En tiempos de paz, Aquilino probó su agudeza de tiro en una ocasión. “Habían unos soldados y Perrunga siguiendo una garza. Los soldados le disparaban con unos fusiles y no le apuntaban. Entonces yo salí por ahí cuando ¡oiga, venga hombre! Y Perrunga estaba cargando la escopeta. ¡Hombre, usted dizque tiene puntería! Bastante alto estaba la garcita por allá. Una escopeta de chispa desde que esté bien asestada, lo que uno cobije con esa mirita, ahí es. Y al momentico pal´suelo”. La garza estaba en unos árboles grandes y gruesos por la parte de encima por donde hoy es la casa de Walter Hernández, Cuzco.

Libreta militar de Aquilino
Otras ocupaciones
Desde los años 60, el municipio contaba con planta hidroeléctrica que proveía el alumbrado público para el casco urbano. La planta se encontraba en los terrenos donde hoy se encuentra el hostal de Diego Peque Rua (Perma). Esta planta solo se encendía al anochecer para encender los bombillos que se encontraban al interior de las casas. Aquilino Salas uno de los operarios (plantero en ese tiempo) de ella. “Y eso era una lucecita, que eso, la dominaba una plancha. Por donde ponían una plancha pa´planchar, ponía la luz más opaquita. Era prohibido tener una plancha (…) por las calles no se veía un bombillo”, recuerda.

El tiempo fue pasando y se pensó en una planta de mayor potencia, una, que además de alumbrar los hogares también alumbrase las calles y sirviese para conectar una plancha, un fogón eléctrico, una nevera o un televisor. Se inició el proyecto haciendo la sequia (viaducto) desde la bocatoma en la parte alta de la quebrada hasta el frente de la vieja planta. Aquilino trabajó como obrero en este proyecto aproximadamente ocho meses. Aunque Sacramento, citador de la alcaldía, conociendo que el ingeniero encargado del proyecto era un poco chupasangre, le dijo a Aquilino que si aguantaba ese primer día de trabajo no aguantaría el siguiente. A los dos días le preguntaron al ingeniero como le había ido a Aquilino y este dijo que era el mejor trabajador que tenía. Construido el proyecto, también laboró Aquilino como operario de la planta.

Muchos recuerdan al encargado de encender y apagar las luces caminar por las calles del pueblo con una vara larga para subir y bajar las cuchillas en las esquinas a las 6 de la tarde y a las 6 de la mañana.

Otro de los cargos desempeñados por Aquilino fue el de guardián de la cárcel del municipio. Llegó a este cargo porque Jorge Carvajal, que era guardián, lo recomendaba para que lo reemplazase en las vacaciones. Los otros guardianes también lo pedían para que les hiciese sus vacaciones. Jorge Carvajal renunció entonces posesionaron a Aquilino en el cargo. Trabajó diez u once años continuos. Otros guardianes que trabajaron en diferentes temporadas con él fueron Ovidio Torres, Cesar Torres, Rigoberto Torres, Heriberto Pimienta, (Güeveto) y William Guisao
Descansando, luego de un rato de trabajo

De Heriberto recuerda la siguiente anécdota: “no había papel higiénico, y entonces le cogió una necesidad y no encontró más sino que se llevó una orden de libertad y se limpió la nalga con ella. Y entro yo cuando… ¿hombre, esto no es orden de libertad? Le digo, hombre, ¡vos como que te limpiates la nalga con una orden de libertad! ¡hombe, yo no sé qué vas a hacer pero, te vas a encartar porque yo tengo que decir que fuites vos! Yo lo que le dije fue: vas y la limpies bien y la volvas a colocar aquí; por malas vienen y nos preguntan por esa orden de libertad y que no aparezca, y ve que aquí nos vamos a embalar. Él la limpió, quedó como algo manchada pero él la metió en las otras órdenes”, se ríe mientras lo narra.

De los hombres bravos que recuerda Aquilino que haya estado en la cárcel es a Octavio Guerra. “Ese que se le enfrentaba hasta a la policía.    No le faltaba un revólver en el carriel. _ ¡Una requisa! Haber abra ese carriel _  y hay mismo dizque lo sacaba.  _Haber, ¿quiere que cambiemos?_  y ellos no podían proceder así; y si lo iban a coger, entonces él les quemaba. Entonces se iba yendo (…) y era sequito de risa”.

Para Aquilino son 87 años de historias que al narrarlas lo trasladan en el tiempo volviendo a ser joven, hábil y fuerte. Se recrea en esos paisajes de campo, caminos, ríos, selva, animales. Dialoga con esos personajes, chusmeros, campesinos, soldados, jornaleros. Todo vuelve a la vida en la  mente de este personaje. Y le queda mucho por narrar porque se despide diciendo: “nos queda mucha tela pa´cortar, mijito…y divertida”.

Genealogía
Marcos Antonio Salas Posso y Laura Rosa Salas Guerra fueron padres de Teresa, Arnolda, Ernestina, Angélica, Ismael, Aquilino, Natanael, Salomón y Enerías. 
Fuera del matrimonio, Marcos Marcos Antonio Salas y doña Rosahelina Mazo fueron padres de Francisco Mazo, Antonio María Mazo y Magdalena. Con doña María Chancí don Marcos Salas tuvo a  José Benedicto. También se dice que Albuino, hijo de Ilduara Guerra, era hijo de Marcos Salas.

Teresa Salas fue madre de Eliseo, Crisanto, Alicia, Leticia, Oscar Omar, Aníbal, Edith Nelly, Gladis
Ernestina Salas fue madre de Conrado, Flor Angela, Jacob, Laura Eugenia, Astrid y Geiber.

Arnolda Salas, casada con Pedro Luis Mazo, fueron padres de Israel, Franquelina ( fallecida ), Blanca, Edelmira, Raúl, Epifanio, Resfa

Angélica Salas fue madre de Berta, Lucía, Omaida, Zulema, Jabdiel, Giovanny, Wilmar y Yolanda.

Salomón Salas, casado con doña Luz Ángela Salas, fueron padres de Víctor Manuel, Solmira, William Arturo, Laura Eugenia, Juan Ignacio, Luz Mardelly, Samir Alonso. Fuera del matrimonio, Salomón Salas y doña Sibarita Salas Mazo fueron padres de Nulber Salas. Así mismo, con doña Jose Fina Montoya fueron padres de Gardo Salas.

Natanael Salas, Casado con doña Orla González (primera profesora de la vereda El Aura), fueron padres de Clara Elena. Fuera del matrimonio, Natanael y Maria Dolores Salas (más conocida como Lola, hija de Arcadio Salas Puerta y Carlina Salas), quien vivió en Urabá, fueron padres de Emidio Salas, Isolina Salas y Blanca Nury Salas. Ellos actualmente viven en la vía que va hacia San Pedro de Urabá. Natanael Salas, trabajando en el municipio de Cáceres, con la señora... tuvo a Keyner David Chávez

Don Marcos Antonio Salas tuvo los siguientes hermanos Marcos: Luis María y Juaquín Emilio (esposo de Rosana, papá de Arcadio Salas Carvajal); Rosa esposa de don Justiniano Salas; Felicia, esposa de Rosendo Salas.

A la muerte de la primera esposa del papá de don Marcos Antonio Salas, este vuelve a contraer matrimonio teniendo los siguientes hijos, los cuales vienen a ser hermanos medios de don Marcos Antonio Salas: Angela Salas Jaramillo esposa de don Daniel Carvajal; Adán Salas Jaramillo, Luis Lealdo Salas Jaramillo, Esaú Salas Jaramillo (murió joven), Carlina Salas Jaramillo (esposa de Arcadio Salas Puerta), Maria Florinda Salas Jaramillo (esposa de Luis Giraldo), Ángela Salas Jaramillo, Belarmina Salas Jaramilo , 



sábado, 9 de febrero de 2019

LUIS ÁNGEL GONZÁLEZ - FATIGA: PELE Y COMA...¡Y CHUCE!


LUIS ÁNGEL GONZÁLEZ OLIVEROS

En la foto: Luis Ángel en su puesto habitual de los sábados y los domingos 
atendiendo amigos y clientes.



Estando viviendo con ella y echarse la soga al cuello”, es la expresión que lanza don Luis al referirse a la pareja que contrajo matrimonio en enero de 2019 luego de más de veinte años de convivencia. Y es que para esta boda don Luis fue invitado como padrino. No fue nada trascendental, fue en la misa de 12. Luis se encontraba atendiendo su puesto de venta de alimentos –tamales, huevos sancochados con arepa, arroz con leche y bananos- cuando llegó el novio y le dijo “venga pues que ya es hora”. Luis dejó su sitio de trabajo y fue a apadrinar a una pareja que desde hacía un mes le había pedido ese favor.

En una relación de pareja, las parejas son perfectas, o perfecto el rol que desempeña cada miembro. Parece que los complementos se fundamentan en actitudes y personalidades en oposición. La benevolencia apacigua la ira; la verdad delata a la falsedad; la sumisión cede ante la dominación. En palabras de Luis, lo resume así: “lo que le digo es que esa señora es muy aguantadora; ese vergajito es muy necio. Ese verraco es como enamorao”

Todo en la vida cambia, hasta los contratos conyugales no son lo mismo ahora. “Yo me casé y ran, ran. Recibe a fulana por esposa y mujer. Y nos casaron, y desen la mano, y ya. Y ya no había nada más que firmar ni nada. Uno iba y firmaba el documento allá en la casa cural…y en la iglesia no tenía que firmar nada. Ahora tiene que firmar allá en la casa cural y venir a firmar allí. El matrimonio que conste que sí se casaron. No sé si es para los de primera, o si es para los que viven arrejuntaos. Eso queda comprometido en dos veces”.


El compromiso y la honestidad de los contrayentes no se mide por la cantidad de invitados ni por los gastos generados. Luis cumplió con el favor y volvió a sus ventas como es costumbre los sábados y los domingos. No se sabe de fiestas, de luna de miel ni de viajes de boda. “Yo los largué allí en la puerta y no supe pa´donde voltiaron. Yo me vine pa´ca. Yo creo que ellos están haciendo viaje pa´isen (se refiere la vereda)”, dice Luis con risas que denotan lo ordinario del acto.

INFANCIA Y ESCUELA
Luis Ángel González Oliveros nació el 7 de agosto de 1947. “Cada que se llegue el 7 de agosto, Día de la Independencia, cumplo yo años”, lo dice con patriotismo. Cuenta en el momento con 71 años cumplidos. Luis Ángel es hijo biológico de Laura Rosa Oliveros –fallecida- pero fue criado por dos hermanos: Maria Cecilia González y Apolinar González -biatos- quienes lo adoptaron desde los dos meses de nacimiento. Fue criado en Las Faldas del Café. Y en esa suerte que le dio la vida la gente le comentaba cómo fue su infancia: “Dizque me metía en esa maca y ahí me dejaba todo el día. Y yo chille y berre ahí con hambre y nadie dizque llegaba a dame comida. Entonces en esas…y las otras, estaban ellos dos poniendo cuidao, entonces vieron que no había quien respondiera…entonces me cogieron a mí. Me sacaron de la´maca y comenzaron a limpiamen la nalga, y a ver por mi, y a ponemen cuidao. Ya mi mamá no llegó más”.

Luis Ángel era un bebé en los tiempos de la Violencia Política en Colombia. Dice que sus padres adoptivos lo llevaron entre un canasto por los lados de Juntas de Uramita. “Por ahí amanecían conmigo y al otro día volvían y seguían, y hágale, y nadie más se oponía a la vida mía”.

Inicialmente Luis dice que no tuvo escuela porque el papá y la mamá vivían muy lejos de la escuela. “En esa época, cuando se estudiaba, se estudiaba día por medio”, recuerda. En esos tiempos, la escuela no era mixta. Los niños asistían unos días a la semana, y las niñas asistían los otros días. “No es como ahora. Un grupo de gente pa´la escuela. Todos, mujeres y hombres ahí reunidos”.

En la imagen: Iván Guerra, Pimo. Otro cliente de Pele y Coma
Refrescada su memoria, Luis dice que probablemente si fue a la escuela. “…o demás que sí iba, pero entonces uno como lo pasaba era jugando, no aprendía nada (…) En ese tiempo jugábamos era chocho. Yo no aprendí nada”. Gracias a su padre, quién le enseñó a leer, y un poco a escribir, hoy puede dar cuenta de lo que está escrito. “Yo mantengo leyendo por ahí cuadernos, libros. Cuando tengo tiempo leo biblia, libros”.
Él único maestro de su infancia que recuerda, y no por su nombre sino por su apodo, es a “Repleto”. Ante un sobrenombre que puede generar diversas ideas sobre su origen Luis dice: “En ese tiempo era muy tesa la escuela. Entonces resulta que Donaldo (hijo de Manuelito Guerra) era peliador. Echaba bonche todos los días. Pero resulta que el profesor lo cagó, entonces el Donaldo le dijo Repleto. Yo estaba en esa escuela ese día. Le dijo, Repleto hijueputa. Le dijo al profesor chiquitico, era un profesor así chiquitico. Me parece que era Ramón que se llamaba”.

Ya imaginamos la sanción para un alumno de aquellos tiempos que faltaba al respeto del profesor. Dice, “el profesor echó a Donaldo, claro. Lo echó de la escuela”. Y el apodo para el profesor se popularizó en todo el pueblo. “Donaldo lo bautizó así, y entonces la gente quedó llamándolo Repleto. Como era al medio de toda esa gente (…) como fue a la vista de todos los compañeros de estudio, por ahí 150 estudiantes, entonces los otros estudiantes ya le decían era Repleto, y ese viejo le chocaba mucho”.

Luis describe al profesor de pequeña estatura, barrigón y grueso. Cuatro años que permaneció el maestro en el municipio, debió soportar aquel sobrenombre. “lo llamaban y le chocaba mucho; se ponía que escarbaba de rabia”, recuerda.



El castigo que había originado el enojo del estudiante para que bautizase al profesor con ese apodo, era el más conocido en esos tiempos: golpear de manera fuerte la palma de la mano del estudiante con una regla. “Yo estudiaba de aquel lado (San Juliancito) aquí. Eriberto y yo, estudiábamos los dos aquí, Mira la señora, Nelson, Juvenal Valderrama, Libia, Nena, Gilma. Toda esa gente estudiábamos aquí”, dice.

Fue en la escuela jugando con sus compañeros donde Luis ganó su apodo con el cual es conocido en el pueblo: “Fatiga”. No se sabe por qué sus compañeros lo renombraron así. Nombre de pila contradictorio a lo que en realidad representa, o más bien el más indicado para describir a una persona que ha luchado contra las necesidades propias de la pobreza. Con su trabajo y esfuerzo sacó a sus hijos adelante, ha luchado por sus nietos, y gracias a ello, ahora sus bisnietos le dicen “papito”.

Luis es de los González de San Juliancito, primo de ellos. La difunta Nena y el difunto Miguel eran primos hermanos, y eran primos hermanos de él. “Eriberto, ese que saca frutas del otro lado, es primo hermano mío (…) Gonzáles, Gonzáles vivos, no está sino Eriberto apenas de esa familia. Hay Gonzáles, pero ya hijos de él. Pero la familia vieja de Gonzáles viejos, no hay. No queda sino él”, aclara Luis.


Familia sudor y sufrimiento
Tenía Luis 27 años de edad cuando se casó con doña Robertina Durango. Su matrimonio perdura como la durabilidad de muchos artículos del pasado. “Conozco gente de 40 años dejando la obligación por cualquier parte. Unos viejos y otros porque son necios. Usted puede vivir 40 o 50 años y llega el momento en que le choca la mujer, o uno le choca a la mujer, por circunstancias de la vida, entonces se aborrecen. El uno voltea por un lado y el otro por el otro”, opina.
En la foto: Luis, en una tarde de descanso, viendo las imágenes que le comparte Carlos Zapata de su WhatsApp.

De su matrimonio con doña Robertina tuvo ocho hijos. Con su esposa trata de ser lo más comprensivo posible, cosa de la cual pueden dar crédito sus hijos: “no me ven diciéndole ni esto, vea, ni esto”. Dice que cuando el hombre se maneja bien con su compañera, los hijos pueden interceder por papá cuando la esposa echa cantaleta de manera excesiva y que esto puede aburrir al hombre originando la separación.

Se crió Luis por los lados de Santa Agueda y su primera posesión de tierra fue en Platanar. “La primer tierra que yo conseguí, en ese entonces, era muy cara la tierra. Me costó ciento treinta mil pesos, o cien y pedacito. Eso lo tenían era los ricos. Yo vendí eso en 150”.

Para una persona de escasos recursos le era imposible pagar esa suma de contado. Para tener acceso a la tierra, debía haber un trato acordado de pago. Luis dice: “Yo pagué esa tierra a trabajo, a jornal. Y cuando eso, el jornal era por ahí a 25 o 30 pesos el día. La gente trabajaba por 20 pesos un día enterito…por 20 centavos, digo. Pero yo empecé a tener esa tierra estando joven. Entonces en la casada yo vendí eso. Y compré por allá en El Agrio una tierra. Yo viví en El Agrio un año (…) entonces yo vendí esa tierra allá como en 180 mil pesos. Por allá me resultó esa tierra con problemitas, entonces yo no me amañé, y vendí eso. De allá me vine con esa platica y compré esa finca que tengo ahora”.

Vueltas puede dar un hombre, aún dentro de su mismo territorio, hasta finalmente hallar el sitio en el que puede levantar a su familia. “Aquí en San Miguel, al otro lado de Rosendo. Eso llama por ahí El Chulí. La cañada del Chulí llama eso. Por ahí finca de café es sino la mía penas. Por ahí no hay café en ninguna parte. En la mera cafetera mía y el resto ya es rastrojo. Eso es de Riche David”.

La devaluación de la moneda pone a los viejos a hacer comparaciones de valor de las propiedades entre un tiempo pasado y uno más reciente. En sus apreciaciones el dinero no pierde valor sino que son los bienes los que ganan precio. “Y entonces en ese tiempo se hablaba era de pesos, y de ahí pa´cá se fue a miles. La plata se fue multiplicando prontico, prontico. Cuando yo compré allí, ya eran mil, ya no eran pesos. Ya no eran 37 pesos sino 37 mil pesos. Pa´que vea como es que la cosa va bailando”, manifiesta Luis.

En el video: Carlos Zapata no se puede resistir al sabor de los huevos duros.


El trabajo siempre ha sido aliado del hombre virtuoso. Quien presenta esta cualidad recibe las mejores ofertas en momentos difíciles y de necesidad. Así nos lo comenta Luis: “37 mil pesos era un infiernal de plata, pero mucha plata. Pa´uno hacer esa plata tenia era que mayajiar mucho. Tenía yo siete reses en esa finca, cuando me dice Riche David: te voy a vender ese rastrojo ahí´hombe. Usted que es un tipo trabajador, guapo y te estimo hombre, y vos sos verraco. Ahí no había ni un palo de café, no había ni una mata de banano; no había nada. Eso era un rastrojo y eran unos barrancos. Ahí no entraba ni el ganao. (…) entonces me dice: te voy a vender el pedacito de tierra y te tomo el ganao que tenés pa´que vias vos. Y yo le dije: ¿y con qué te voy a pagar el resto pues? –hombre, me lo vas pagando a trabajo que sea, hombre. Y me metí. Le di las siete reses. ¿sabe cuánto me dio por esas siete reses en ese entonces? 27 mil pesos. Y la tierra costó 35. ¿cuánto le quedé debiendo? Ocho. (…)Ya estaba casao yo. Pero le pagué esa tierra cosechando frisol, jornaliando”. Hoy en día Luis Ángel está muy agradecido con Ricardo David por creer en él y darle la oportunidad de tener su tierra para cultivar café, banano y adecuarla para el ganado.

El matrimonio de Luis Ángel fue muy parecido al matrimonio de enero de 2019 en el que él actúo como padrino, aunque con necesidades pudo hacer una modesta fiestecita. Al día siguiente de su matrimonio, que fue un sábado santo, consiguió dinero prestado con el difunto Luis Urrego, “veinte mil pesos pa´mercar porque yo era en luna de miel pero no tenía comida en la casa”, dice Luis con sinceridad.
Durante años debió pagar arriendo para vivir con su familia luego de venirse para el pueblo. Vivió durante ocho años en la casa de Chucho Rua. “Dentré pagándole a siete mil; por último, me lo puso a quince mil, de ahí me subió a veinte, y yo ya no fui capaz. Me quedé ahí porque le había pagado unos mesecitos por adelantao, y después se me cerró que no me arrendaba más”.

Los buenos amigos siempre aparecen en los momentos difíciles y son la salvación. “Pero como yo era tan amigo de los Jiménez, entonces hablé con los Jiménez, con Victor, Alberto, que era compadre mío. Pásese pa´esa casa abajo, pásese. Y me pasé pa´ya, donde era El Zoar, allá en toda la esquina, en esa casa que era de Juan Guerra. Eso era de tapia, ahora tiempos. Allá fui a retumbar”, así lo recuerda.

Barrio el Zoar
Algunas décadas antes, en el casco urbano de Peque, había una zona conocida como El Zoar; esta quedaba por la antigua salida para la Vereda Alto Bonito. “Un barrio de mujeres ahí, cantinas y bebedores. Eso se cayó; eso era una tapiería vieja”, afirma. Era muy común, años atrás, que en los pueblos provincianos como Peque, los lugares en donde el trago iba acompañado de otros placeres, estaban ubicados a las salidas de los cascos urbanos, una manera de evitar las miradas indiscretas y los malos comentarios.

Comenta Luis que el Zoar era un barrio de “mujeres calientes”, y que quien le daba vida y acción a este lugar era el difunto Juan Guerra el cual traía de a cinco y seis mujeres de Ituango (también se le unían a este grupo unas pocas mujeres locales que gustaban de este tipo de placeres); “ese era un sinvergüenziadero el hijueperra”, comenta.

En Pele y Coma no importa la talla de los clientes: gordos y delgados, todos son atendidos por igual por Luis Ángel.
No faltaron los incidentes, o más bien los hechos violentos en este lugar. Aquí murió de manera violenta un agente de la policía. “Se fue bravo pa´llá y en ese tiempo era muy verraco eso. Ahí se juntaba una gallada por ahí del campo pa dar machete y bala…y lo mataron estos güevones”, dice Luis.

Resistencia de los viejos para el trabajo.
Durante décadas trabajaron de sol a sol, o del alba a la penumbra padres, abuelos y bisabuelos. Nadie hablaba de horas extras, de explotación laboral o de códigos laborales. “La gente primero era muy verraca hombre. Jumm, en el tiempo que yo me alevanté, usted se levantaba era a las cuatro de la mañana y a las cinco ya tenía el taleguito con la comidita; y a las seis de la tarde no había salido del trabajo”, sostiene. Uno de los parroquianos que asiste a la conversación, agrega: “en ese tiempo el reglamento era, pardito pal´monte y oscurito pa´la casa”.

En nuestros tiempos, ni patrones ni trabajadores, se someten a semejantes jornadas, “y si usted de pronto por algún acaso le dice: hombre ahí que trabajar siquiera hasta las cuatro y media, le dicen no señor, yo no me comprometía a trabajar de noche”, lo dice Luis Ángel mientras ríe.

30 años de ventero
Luego de entregar la casa a Chucho Rúa, Luis y su esposa se muda para la casa de don Alberto Jiménez. Allí siguen ofreciendo los alimentos a módicos precios a las personas del campo. “Yo le abría oportunidades al campesino pa´que llegara ahí, con maíz, con panela, con café, con lo que quisieran arrimar ahí. Y al otro día eso lo llenaban de bestias así, vea. A levantar carga. Otros lo dejaban ocho o quince días ahí”, dice.

Los sancochos que preparaba la esposa de Luis los fines de semana para los campesinos eran posibles gracias a los fiaos que les otorgaba uno de los carniceros de la época. “Cesar Salas era carnicero en ese entonces. Entonces le dije yo a la mujer mía: vamos allí onde Cesar, camine pa´que él le fie cositas ahí. Entonces ya hablé con él (…) los sábados hacía un comidal de sancocho así, y yo el revuelto lo tenía en la finca. Traía dos, tres cargas de banano por semana, y el día sábado había comida. Y la mujer mía aprendió a trabajar sancocho con el hueso”.

Doña Robertina tenía un fin de semana agitado mientras su esposo Luis se la rebuscaba en las calles del pueblo. “Yo trabajaba aquí en la plaza con cigarrillitos en una casetica que se llamaba Kostazul. Me parece que era de Cenizo, o de Rigo o de José. De uno de ellos, yo no recuerdo; de este José Querenco. Yo trabajé mucho tiempo Kostazul. Vendía aguardiente, cerveza, cigarrillos, galletas, parva, banano maduro. Yo abría toda la semana; a la hora que yo tuviera tiempo. A lo último yo tuve una caseta de esas grandes, ahí. Eso porque me echaron de ahí (…) en tres veces trabajé en esa plaza: una bajo el mango, la otra me fui pa´lla donde hay un almendro al frente del comando. Entonces allá no se amañaron conmigo tampoco, entonces me mandaron pa´cá”.

La familia de Luis  está pendiente de que el puesto de venta siempre tenga el surtido básico de alimentos para atender a los clientes. Aunque las ventas son ligeras en unos días, en otros los huevos y los tamales esperan pacientemente. La ronda de una de las nietas al puesto confirma el hecho.
Nieta: Hola abuelo.
Luis: Quiubo mija.
Nieta: ¿Cómo va con eso?
Luis: Ahí, hay ventas
Nieta: ¿Todavía tiene?
Luis: Hay un poco
Nieta: Ahh, bueno. Chao.
Luis: Ahorita no manden nada.
Nieta: Bueno abuelo

La venta de bananos, huevos sancochados y tamales en la calle Candelaria es una solución alimentaria a campesinos y locales. Por algo el nombre popular de su puesto es “Pele y coma” como él mismo lo acredita. Desde 200 pesos que vale un banano, 500 pesos un huevo sancochado con arepa y 4.000 pesos un tamal, se puede apaciguar el hambre según el presupuesto.

La generación de Luis se ha multiplicado y ahora cuenta con nueve bisnietos. “Daniela ya tiene muchachita y esos son bisnietos ya. El Chavo tiene por ahí dizque un muchachito, también es bisnieto”. En esta casa se llena la olla para hijos, nietos y bisnietos. La preocupación por el alimento de los bisnietos es la misma que siente la madre por sus hijos. El plato del pobre rebosa más de amor que de abundancia. El humilde siempre confía que no faltará el alimento para su familia. Cada niño que viene al mundo trae su arepita bajo el brazo, dice el dicho popular de los pobres. La expresión de Luis "Pele y coma...¡y chuce! quizás indique que la vida solo da reposos para seguir luchando.


jueves, 3 de enero de 2019

ÁNGEL RAFAEL GIRALDO - TOÑO MARUJO: MUCHAS COSAS PARA VIVIR


ANGEL RAFAEL GIRALDO



Ángel Rafael Giraldo, conocido en el pueblo como “Toño Marujo”, nació el 19 de abril en el municipio de Peque. Cuando se le pregunta el año de nacimiento comenta que en la cédula dice, que no se acuerda porque cuando le pegaron un machetazo -señalando la cabeza- “le estaban dañando la memoria, no la del celular sino la de la cabeza”. Rafael es hijo de Maria Beatriz Giraldo (Maruja) y Rafael Torres. Actualmente Rafael Giraldo es separado; convivió durante años con Dalila Sepúlveda con la cual tuvo dos hijos: Liliana y Sebastian. Adicionamente tuvo un tercer hijo por fuera de su pareja de conviviencia, Juan Esteban.

ÚNICA VIUDA DEL PUEBLO ... DE AÑO VIEJO.

Son muchos los años que Toño viene divirtiendo al pueblo con su papel de viuda de año viejo. Rol que pocos se atreven a interpretar porque la persona debe ser tolerante, o “aguantadora” como decimos los paisas, con los excesos de embriagados y faltos de confianza que tocan, apretan y “seducen” con morbosidad como si se tratase de una mujer que no merece respeto. “Voy a ajustar veinte años mañana, empecé de 29 años”, refiriéndose al tiempo que viene haciendo este papel. “Yo salgo mañana, si Dios lo permite, a las 6 de la tarde. Digo que le doy candela hasta las 12, pero uno no se manda, porque la gente me coge a trago y cuando menos piensa son las seis de la mañana. Entonces yo voy ´hacer el sacrifico de a las 12 acabar, porque un año es muy largo para uno trabajar 31 y yo no disfrutar. Voy a meterle freno a media noche”, opina.

En la imagen de la izquierda, en el papel de viuda del año 2014.
Con respecto a los comentarios de la gente sobre su papel dice: “Hay gente que lo toma por malo; este man es que es gueisudo o que le pasa pues, que pasa. Normal, el hombre es padre de familia y todo, sino que la plata es bonita, hay que buscala”.

En la imagen de la derecha, la viuda del 2018
Cada persona asume sus carencias o gustos de manera diferente. Ante su gusto por el baile y los desplantes que le hacen las mujeres en las fiestas, afirma: “A mi me gusta bailar. Saco esas viejas y no bailan conmigo; saca otro, y ahí si bailan. A esta vez tengo mi esposo ahí que me voy a dar un gusto”. Cuando habla de su “esposo” alude a un muñeco que hará de año viejo y que al mismo tiempo será su compañero de baile. Al respecto de la música, dice: “entre más rápido sea la música, mejor para mi porque no me demoro pa´cogele el ritmo sino que de una le cogí el ritmo. Divierto a la gente, le enseño a la gente a dar paso porque uno bailar es casi como un profesor, el otro está mirando. Al ratico sale y está dizque bailando al que no le gusta bailar”.

En un pueblo pequeño y tranquilo donde el tiempo pasa porque el sol inunda las montañas con sus chorros de luz y se esconde detrás de ellas en la tarde, resulta novedoso cualquier hecho que acaba con la cotidianidad de la gente. Y si el hecho transcurre en un bar o cantina, se convierte en un hecho curioso. Toño hace la apreciación así: “por ejemplo, yo entro allá, eso es solo. Y al ratico van a ver 200 o 300 personas. Eso llama cultura. La gente se divierte (…) donde yo entro venden mucho trago. Entonces a mi me gustaría pues que todos les vaya bien. Todos están en eso”

En ese papel de viuda, un 31 de diciembre, Toño tuvo un pequeño accidente cuando quemó de manera equivocada una papeleta de pólvora. Él lo recuerda de la siguiente manera: “Culey me dijo: te voy a dar 50 mil pa´que me quemés estas siete chapolas. Hej, este man será que cree que yo estoy muy borracho. Y todas las agarré con un cigarrillo, y tras, el pabilo. Y la última, dizque le pongo la candelera a la chapola, si me entiende, ya no le agarré el pabilo sino que se la puse fue al papel, con razón. Cuando menos piensa el muchacho allá encima del marido y la goterita por aquí, y yo asustado. Hermano, póngase pilas, y ahí mismo pidió el carro de él, de Culey. Y esas mujeres pa´ser recocha.
- A ver, tápese este ojo. ¿Está viendo esta muchacha que está ahí?
En la imagen, Toño velando a su marido: el año viejo 2018
 –Sí.
–Ah, no le pasó nada.
-Ah, yo descansé en paz, hermano. Yo di gracias a Dios. Yo pensé que me había quedado ciego”.
Y agrega diciendo: “Al borracho lo acompaña el diablo, yo bueno y sano, me da rabia y me da mucho miedo. Yo borracho me las meten debajo el´pie y eso es como una cosquillita que me hace al jarrete”.

Una de las personas que el 31 de diciembre de 2017 maquilló a Toño dice que si Toño no se pusiera el vestido de mujer sobre el pantalón y la camisa quedaría más parecido a una mujer. Asegura que este se pone el vestido sobre el pantalón y la camisa porque estos le dan seguridad de poder conservar su identidad como hombre

Una de los beneficios que obtiene nuestro personaje al interpretar el papel de viuda es que le llueve el trago en este día. Algunos de los comerciantes del pueblo le dan medias de aguardiente como una contribución a tan difícil papel. Toño sostiene: “yo no me tomo esa cantidad de trago sino que yo las voy vendiendo, y tomo el trago que menos me haga daño, que yo haga poca malacara pa´tomalo: la Light. A mi me gusta es la Light o la Pilsen, cervecita”. Todas las botellas de media de aguardiente, donadas por el comercio y amigos, son vendidas luego y con el dinero se compran alimentos.

Este 31 de diciembre de 2018, su papel de viuda será especial porque una de las profesoras del pueblo le regalará un vestido nuevo, especial para su función. También varias mujeres desean maquillarlo, por lo que será él quien elija a la persona que transitoriamente lo asemeje a una mujer pero eso sí, conservando su esencia de macho que es.

LA BETUNADA COMO SINÓNIMO DE ASEO

De manera peregrina Toño Marujo se encuentra en el parque del municipio de Peque los días sábados y domingos limpiando y dándole brillo a los zapatos de quienes acuden a su servicio. Empieza a las 8 am y finaliza a las 4 o 6 pm. Esta labor la inició desde que tenía 17 años, y agrega: “empecé embetunando con agua sola porque el betún era muy descaso, a peso, porque ellos estaban contentos. Esos zapatos eran todos embarrialaos y yo llegaba con un trapito mojao y los limpiaba”. Se realiza en el día entre 40 y 50 mil pesos. Así mimo agrega: “es mucho lo que descanso aquí a la sombra y aquí sentao”.

En la imagen, Toño betunando a Pacho El de Buenas.
Toño recuerda que a la primera persona que le limpió los zapatos fue a Daniel Bolo, el del Chamizo, quien vivía con una indígena y tenía una venta de tinto en la esquina.

No es lo mismo lustrar zapatos en verano que en invierno. En época de invierno los zapatos, sobre todo en un pueblo con alta ruralidad, los zapatos llegan mucho más sucios. Así lo relata nuestro personaje: “en tiempo de invierno siempre llevo del bulto por el pantanero en los zapatos, pero mucha gente me los trae en muy buen estado”. Cuando los campesinos llegan con los zapatos empantanados donde Toño para que se los betune, él les dice que solo betuna los zapatos; que él no lava zapatos, que primero vayan y los laven, o que él hace todo el trabajo y les cobra por aparte la lavada.

Y es que cuando se tiene un arte u oficio, a veces las personas se aventuran con éste en otras localidades donde la competencia y la exigencia por la calidad del servicio es mayor. En el año 2007 se aventura con su oficio en la ciudad de Medellín, y comenta: “me dio rabia porque entrábamos siete por un bar; cuando salíamos a la parte de afuera, venían otros siete. Nooo, aquí no es. Me voy pa´mi pueblo. Le aguanté por ahí dos años en Medellín pero porque me fui para un barrio donde vivía mi hermana y había muchos paisanos y ahí si me apoyaban. En el barrio Sucre. Entonces le aguanté por ahí dos años”.

Con una cajita de betún de 30 gramos, Toño embetuna los zapatos de diez personas. Con una cajita de 65 gramos le alcanza para diez y ocho o veinte enbetunadas, “echándole buen betún al zapato, bien regaito, ya que la meta no es amontonalo sino regalo bien”, agrega.

Honestamente Toño dice que la mejor lección como betunador la recibió de un policía cuando le dijo: “embetúneme estos zapatos. Si van a quedar como los suyos van a quedar muy buenos”. El policía se lo dijo porque Toño no había betunado sus propios zapatos. “que hago yo ahorita: de primero, yo”, señalando sus zapatos limpios y brillantes.

Asegura Toño que la betunada americana acaba mucho con el zapato porque el cuerito se pela debido a que este se calienta de tanto sobarlo con el trapo para brillo, “los mismos policías dicen y el ejército también, porque el zapato se va calentando mucho. Entonces a lo último la cascarita no aguanta”, afirma.


Para una betunada se requieren de varios cepillos: dos cepillos para zapatos negros y dos cepillos para zapatos cafés. Adicionalmente se requiere de un cepillo de dientes “que va a buscar la parte donde el cepillo no puede dentrar, a buscar el cáñamo”, lo dice con acento seguro y claro. Así mismo se requiere de tres paños, usualmente de los usados en las mesas de billar. Uno de ellos para secar la humedad y dos para brillar los zapatos. El tarrito con agua no puede faltar ya que es el líquido indispensable que humedece el trapo que limpia los zapatos.

Cuando una persona se identifica con su oficio y lo realiza con gusto siente empoderamiento por el lugar y su gente. En estos términos lo expresa Toño: “el parque no se puede quedar sin un enbetunador. Este parque fue muy valoroso. Hay gente que le gusta el aseo personal”.

LA QUEBRADA COMO SUSTENTO, EL ORO DEL ARENERO


Su labor de lustrabotas la alterna con su trabajo de arenero, o más bien ésta última la alterna con la primera ya que de lunes a viernes saca arena de unas de las quebradas de Peque. Lleva 22 años extrayendo arena. Doce años estuvo sacando arena en la quebrada de San Juan. Sostiene que cuando se abrió la carretera hacia Los Llanos de Peque en 1990, se fue de arenero para esa quebrada porque había mucha arena.


En cuanto a la cantidad de arena recogida en la semana, dice: “me saco dos viajes pero en invierno, en verano que me saque un viajecito en la semana”. Cada uno de los viajes consta de 7 u 8 metros cúbicos los que son vendidos a veinte mil pesos el metro. “¡veinte mil pesos!, esos es muy barato”, se queja. Pero la arena mejor pagada es la arena de revoque la cual es pagada a 50 mil pesos el metro. Agrega: “tengo como 200 cargas de revoque, yo las vendo menudiaitas”.


Forman los areneros una comunidad que se distribuyen los sectores de la quebrada para hacer los charcos, represar la arena y extraerla. Así lo expresa: “el que va a trabajar se mete a su tajo. Sabe cuál son los charcos, los de él, los puestos. Ni me les meto allá ni ellos me corren a mí. No, es una cosa respetuosa

LA RIFA PARROQUIAL

En la viña del señor hay de todo y para todo. La vida dura y trajinada de algunas personas nos lleva a agradecer a la vida la mejor suerte que tenemos al tiempo que valoramos y resaltamos las artes y los oficios de quienes luchan por su sustento y por el de su familia.

Además de arenero, lustrabotas y papel de viuda de fin de año, Toño Marujo viene vendiendo las boletas de la rifa parroquial desde inicios del año 2018 cuando su hijo Juan Esteban, quien se desempeñaba como acólito de la parroquia y vendía las boletas, ingresó al seminario para empezar sus estudios en los servicios religiosos. “el sacerdote me da $ 60, pero yo acabo estresao. Ande y ande y ande. O sea ese trabajo es a base de andada”. En total son mil boletas que vende desde el día sábado iniciando a las 2 pm y finalizando el domingo a las 4 pm. Los domingos, mientras lustra zapatos, también vende las boletas pero luego del medio día recorre las calles del pueblo ofreciendo la rifa.

GLORIA DEL ATLETISMO

En sus años mozos Toño se destacó como el mejor atleta del momento en el municipio. Corrían los 80´s y sus coetáneos recordamos su cuerpo atlético y sus entrenamientos extensos y arduos por la carretera. De esta manera lo narra: “yo trabajé el atletismo por ahí diez años. Yo subía a la Golondrina porque la apuesta iba a ser a Toldas, entonces yo subía a la Golondrina (…) a la Golondrina me iba en 60 minutos más o menos. Era un cosa muy linda; había muchas energías, demasiado”.

En aquellos tiempos también había en el pueblo un maestro de inglés y Francés, recordado cariñosamente como “El amiguito”, quien hacía del atletismo una forma de vida. Este maestro entrenaba en las mañanas varias veces en la semana. En sus entrenamientos subía hasta la virgen del Chocho, San Mateo y Toldas. Nunca entrenaron juntos por lo que la gente conocía de la resistencia de ambos más desconocía de la favorabilidad del uno sobre el otro en caso de competencia.
En la imagen, maestro con el que compitió Toño. 
Como suele suceder en todos los ámbitos sociales, quien goza de posición, bien por su familia o por su oficio, tiene favorabilidad sobre los demás. De esta manera los describe: “Hubo una apuesta. Esa apuesta valía tres millones de pesos uno y tres millones de pesos otro. Entonces la gente no apostaba a mi. Le daba desconfianza que yo perdía. Entonces yo tenía un cuñao, que llamaba Pegaso, que llevó a la hermanita mía, a la Griselda, a la Cucha. Entonces ese señor me dijo: no, yo sé que usted es capaz. Si no quieren apostar a usted, dígales que arecojan la de´llos que la suya está lista. Oiga qué palabra, oiga! Entonces yo les dije: no, la gente no quiere apostar a mi, que el cuñao mio apuesta esa plata solo”.

La confianza de “Pegaso” en su cuñado no se fundamentaba en una fe ciega; sabía del fuerte entrenamiento al que se sometía Toño de manera voluntaria. Él había entrenado en la mañana, al medio día y en la tarde. “Yo llevaba ese pensamiento de que de pronto me echaban al medio día y si yo no entrenaba a esa hora, entonces me ahogaba y no aguantaba. Y entonces me cogieron bien entrenao (…) yo lo pensaba así: pues me tocará entrenar a pleno solazo porque uno no sabe a qué horas va a ser la competencia: si por la mañana, a medio día o por la tarde. ¿Si me entiende? Entonces yo le entreveraba. Y si el enemigo me convidaba, yo no iba con él. Yo no le mostraba lo que yo era ni que él me mostrara lo que él es. ¿Vamos Toño pa´rriba? No, hágale que yo voy ahora. Diario yo le salía con una rara…y no entrené con él”.

No podía haber mejor acontecimiento en ese día que la competencia entre dos atletas afamados. Así están presentes las imágenes de ese evento en la mente de nuestro invitado: “De una nos fueron pegando, mejor dicho. Bueno, vamos pa´la puerta del cementerio que los vamos a´postar. Entonces nos fuimos, y ese gentío tras de nosotros. Y la gente insultando, y yo no soy grosero ni pa´ repetir: ¡no, esto que va a ganar, hombre! Me desmoralizaban, y no, vamos a ver. Entonces la policía bajó abajo y nos dijeron: ahí está la raya, párese ahí, usted también, hágase pa´llá. Y entonces ahí mismo fue sacando ese aparato, y entonces, ¿este señor será que nos va a pelar aquí? ¡No, era para hacer un tiro! Para no contar una, dos y tres, sino que un tiro de salida. Y empezamos, y desde aquí en esta calle el hombre empezó a tirar lantera, lantera, lantera. Entonces el deporte es muy bonito, lo aprende uno mucho. Yo ahí caminando pensaba: en aquellas curvas le voy a meter velocidad y él no me va a ver. Y eso es ventaja que yo le voy poniendo al hombre para yo no subir tan atropellao. Hombre, y así fue. Yo llegaba y miraba atrás, y ese hombre entre más rato más atrás, más atrás. En esas curvas yo no lo veía, entonces le metía duro. Ya cuando él asomaba esa curva, yo iba más allá. Y uno así se anima más. Oiga, le metí casi un kilómetro a ese señor. Cuando yo bajaba para ´bajo con el fichito en la mano, porque eso era con juez y todo, porque era un platal horrible en ese tiempo, él iba en el puente de San Mateo, y yo ya había subido arriba a Toldas”.

No hay mayor felicidad que la sentida por un humilde que venció por encima de la incredulidad de su gente. La historia está llena de inventores, artistas y desadaptados que en su momento ni maestros, ni mentores ni padres creyeron en ellos. Toño recuerda el premio dado por su cuñado: “¿Sabe cuánto me dio ese cucho? Vea este millón para usted. Usted se merece este millón. Porque eran tres millones de pesos, él cogió seis millones. No, usted me hizo dos millones más. No parto con usted porque a su hermanita hay que dale. A ella le da mucha rabia que yo le diga la cucha. Ella llama Criselda. Me dio un millón de pesos, qué platal tan horrible. Yo era bailarín, la gente no bailaba conmigo, y en ese momento todo mundo bailaba conmigo. Uno ser campeón es cosa linda, un sacrificio de esos”.

Saboreada la gloria con el atletismo, Ángel Rafael también lo intentó con el ciclismo. “Yo trabajé con el difunto Reynel, Payaso…nosotros éramos unos siete, constantes (…) subíamos hasta arriba a Toldas. Sino que de allá pa´bajo donde caía el primero, ahí caíamos todos, porque si frenábamos de una, esas ciclas iban muy tensionadas. Si frenábamos de una, entonces ella de todas maneras paraba atrás y botaba a uno lejos”.

Toño Marujo tiene una forma muy particular para entretener. Acá en el video, en pleno aislamiento del mes de marzo de 2020 por la pandemia del Coronavirus, divierte con su habilidad para producir sonidos con su boca.

Cuando se pregunta a Toño sobre lo que él considera que le daba resistencia para mantener un estado físico en excelentes condiciones, él dice: “era poco trasnocho, el hombre se cuidaba a juguito y todas esas cosas, y mucha malta con ese huevo casero…eso es pura vitamina. La primera vez trataba de devolvérseme y ahí ya le cogí el golpe, eso pasaba. Y kola granulada, leche caliente. Me ponía a ver criar esos gallos, hermano, y me ponía a ver esos murlos rojos, y hombre, hasta esto debo tomar yo también. Hombre, si se lo echan a los gallos entonces porque no se lo echo al organismo”. Toño se refiere a la cola granulada como el alimento que daba un color rojo a las patas de los gallos lo cual garantizaba que el animal estaba bien nutrido y fuerte para la pelea.

Actualmente Toño tiene tres gallos y asegura que se está volviendo gallero. Hace aproximadamente dos meses echó la primera apuesta de la cual recibió 180 mil pesos de flete. “hay los tengo amarraos, los estoy cuidando”, dice.

Cada vida de una persona está llena de historias que se acumulan en vivencias y experiencias que lo ayudarán y rememorar los momentos en los que fue héroe, fracasado, siervo, jefe, entre muchas otras. Ángel Rafael Giraldo está activo laboral y socialmente por lo que posiblemente continuará agregando historias a las páginas del libro de su vida.

Nota final: en varios momentos de las charlas -que se dieron en varias días-, Ángel Rafael manifestó que debía dirigirse a su casa a prepararle el desayuno a su madre o a conseguirle algunas pastillas ya que ella se encuentra anciana y enferma y él se preocupa por ella.

ADRIANO GRACIANO HIGUITA: EL MOCHO CHINGÜÍLO

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