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sábado, 9 de febrero de 2019

LUIS ÁNGEL GONZÁLEZ - FATIGA: PELE Y COMA...¡Y CHUCE!


LUIS ÁNGEL GONZÁLEZ OLIVEROS

En la foto: Luis Ángel en su puesto habitual de los sábados y los domingos 
atendiendo amigos y clientes.



Estando viviendo con ella y echarse la soga al cuello”, es la expresión que lanza don Luis al referirse a la pareja que contrajo matrimonio en enero de 2019 luego de más de veinte años de convivencia. Y es que para esta boda don Luis fue invitado como padrino. No fue nada trascendental, fue en la misa de 12. Luis se encontraba atendiendo su puesto de venta de alimentos –tamales, huevos sancochados con arepa, arroz con leche y bananos- cuando llegó el novio y le dijo “venga pues que ya es hora”. Luis dejó su sitio de trabajo y fue a apadrinar a una pareja que desde hacía un mes le había pedido ese favor.

En una relación de pareja, las parejas son perfectas, o perfecto el rol que desempeña cada miembro. Parece que los complementos se fundamentan en actitudes y personalidades en oposición. La benevolencia apacigua la ira; la verdad delata a la falsedad; la sumisión cede ante la dominación. En palabras de Luis, lo resume así: “lo que le digo es que esa señora es muy aguantadora; ese vergajito es muy necio. Ese verraco es como enamorao”

Todo en la vida cambia, hasta los contratos conyugales no son lo mismo ahora. “Yo me casé y ran, ran. Recibe a fulana por esposa y mujer. Y nos casaron, y desen la mano, y ya. Y ya no había nada más que firmar ni nada. Uno iba y firmaba el documento allá en la casa cural…y en la iglesia no tenía que firmar nada. Ahora tiene que firmar allá en la casa cural y venir a firmar allí. El matrimonio que conste que sí se casaron. No sé si es para los de primera, o si es para los que viven arrejuntaos. Eso queda comprometido en dos veces”.


El compromiso y la honestidad de los contrayentes no se mide por la cantidad de invitados ni por los gastos generados. Luis cumplió con el favor y volvió a sus ventas como es costumbre los sábados y los domingos. No se sabe de fiestas, de luna de miel ni de viajes de boda. “Yo los largué allí en la puerta y no supe pa´donde voltiaron. Yo me vine pa´ca. Yo creo que ellos están haciendo viaje pa´isen (se refiere la vereda)”, dice Luis con risas que denotan lo ordinario del acto.

INFANCIA Y ESCUELA
Luis Ángel González Oliveros nació el 7 de agosto de 1947. “Cada que se llegue el 7 de agosto, Día de la Independencia, cumplo yo años”, lo dice con patriotismo. Cuenta en el momento con 71 años cumplidos. Luis Ángel es hijo biológico de Laura Rosa Oliveros –fallecida- pero fue criado por dos hermanos: Maria Cecilia González y Apolinar González -biatos- quienes lo adoptaron desde los dos meses de nacimiento. Fue criado en Las Faldas del Café. Y en esa suerte que le dio la vida la gente le comentaba cómo fue su infancia: “Dizque me metía en esa maca y ahí me dejaba todo el día. Y yo chille y berre ahí con hambre y nadie dizque llegaba a dame comida. Entonces en esas…y las otras, estaban ellos dos poniendo cuidao, entonces vieron que no había quien respondiera…entonces me cogieron a mí. Me sacaron de la´maca y comenzaron a limpiamen la nalga, y a ver por mi, y a ponemen cuidao. Ya mi mamá no llegó más”.

Luis Ángel era un bebé en los tiempos de la Violencia Política en Colombia. Dice que sus padres adoptivos lo llevaron entre un canasto por los lados de Juntas de Uramita. “Por ahí amanecían conmigo y al otro día volvían y seguían, y hágale, y nadie más se oponía a la vida mía”.

Inicialmente Luis dice que no tuvo escuela porque el papá y la mamá vivían muy lejos de la escuela. “En esa época, cuando se estudiaba, se estudiaba día por medio”, recuerda. En esos tiempos, la escuela no era mixta. Los niños asistían unos días a la semana, y las niñas asistían los otros días. “No es como ahora. Un grupo de gente pa´la escuela. Todos, mujeres y hombres ahí reunidos”.

En la imagen: Iván Guerra, Pimo. Otro cliente de Pele y Coma
Refrescada su memoria, Luis dice que probablemente si fue a la escuela. “…o demás que sí iba, pero entonces uno como lo pasaba era jugando, no aprendía nada (…) En ese tiempo jugábamos era chocho. Yo no aprendí nada”. Gracias a su padre, quién le enseñó a leer, y un poco a escribir, hoy puede dar cuenta de lo que está escrito. “Yo mantengo leyendo por ahí cuadernos, libros. Cuando tengo tiempo leo biblia, libros”.
Él único maestro de su infancia que recuerda, y no por su nombre sino por su apodo, es a “Repleto”. Ante un sobrenombre que puede generar diversas ideas sobre su origen Luis dice: “En ese tiempo era muy tesa la escuela. Entonces resulta que Donaldo (hijo de Manuelito Guerra) era peliador. Echaba bonche todos los días. Pero resulta que el profesor lo cagó, entonces el Donaldo le dijo Repleto. Yo estaba en esa escuela ese día. Le dijo, Repleto hijueputa. Le dijo al profesor chiquitico, era un profesor así chiquitico. Me parece que era Ramón que se llamaba”.

Ya imaginamos la sanción para un alumno de aquellos tiempos que faltaba al respeto del profesor. Dice, “el profesor echó a Donaldo, claro. Lo echó de la escuela”. Y el apodo para el profesor se popularizó en todo el pueblo. “Donaldo lo bautizó así, y entonces la gente quedó llamándolo Repleto. Como era al medio de toda esa gente (…) como fue a la vista de todos los compañeros de estudio, por ahí 150 estudiantes, entonces los otros estudiantes ya le decían era Repleto, y ese viejo le chocaba mucho”.

Luis describe al profesor de pequeña estatura, barrigón y grueso. Cuatro años que permaneció el maestro en el municipio, debió soportar aquel sobrenombre. “lo llamaban y le chocaba mucho; se ponía que escarbaba de rabia”, recuerda.



El castigo que había originado el enojo del estudiante para que bautizase al profesor con ese apodo, era el más conocido en esos tiempos: golpear de manera fuerte la palma de la mano del estudiante con una regla. “Yo estudiaba de aquel lado (San Juliancito) aquí. Eriberto y yo, estudiábamos los dos aquí, Mira la señora, Nelson, Juvenal Valderrama, Libia, Nena, Gilma. Toda esa gente estudiábamos aquí”, dice.

Fue en la escuela jugando con sus compañeros donde Luis ganó su apodo con el cual es conocido en el pueblo: “Fatiga”. No se sabe por qué sus compañeros lo renombraron así. Nombre de pila contradictorio a lo que en realidad representa, o más bien el más indicado para describir a una persona que ha luchado contra las necesidades propias de la pobreza. Con su trabajo y esfuerzo sacó a sus hijos adelante, ha luchado por sus nietos, y gracias a ello, ahora sus bisnietos le dicen “papito”.

Luis es de los González de San Juliancito, primo de ellos. La difunta Nena y el difunto Miguel eran primos hermanos, y eran primos hermanos de él. “Eriberto, ese que saca frutas del otro lado, es primo hermano mío (…) Gonzáles, Gonzáles vivos, no está sino Eriberto apenas de esa familia. Hay Gonzáles, pero ya hijos de él. Pero la familia vieja de Gonzáles viejos, no hay. No queda sino él”, aclara Luis.


Familia sudor y sufrimiento
Tenía Luis 27 años de edad cuando se casó con doña Robertina Durango. Su matrimonio perdura como la durabilidad de muchos artículos del pasado. “Conozco gente de 40 años dejando la obligación por cualquier parte. Unos viejos y otros porque son necios. Usted puede vivir 40 o 50 años y llega el momento en que le choca la mujer, o uno le choca a la mujer, por circunstancias de la vida, entonces se aborrecen. El uno voltea por un lado y el otro por el otro”, opina.
En la foto: Luis, en una tarde de descanso, viendo las imágenes que le comparte Carlos Zapata de su WhatsApp.

De su matrimonio con doña Robertina tuvo ocho hijos. Con su esposa trata de ser lo más comprensivo posible, cosa de la cual pueden dar crédito sus hijos: “no me ven diciéndole ni esto, vea, ni esto”. Dice que cuando el hombre se maneja bien con su compañera, los hijos pueden interceder por papá cuando la esposa echa cantaleta de manera excesiva y que esto puede aburrir al hombre originando la separación.

Se crió Luis por los lados de Santa Agueda y su primera posesión de tierra fue en Platanar. “La primer tierra que yo conseguí, en ese entonces, era muy cara la tierra. Me costó ciento treinta mil pesos, o cien y pedacito. Eso lo tenían era los ricos. Yo vendí eso en 150”.

Para una persona de escasos recursos le era imposible pagar esa suma de contado. Para tener acceso a la tierra, debía haber un trato acordado de pago. Luis dice: “Yo pagué esa tierra a trabajo, a jornal. Y cuando eso, el jornal era por ahí a 25 o 30 pesos el día. La gente trabajaba por 20 pesos un día enterito…por 20 centavos, digo. Pero yo empecé a tener esa tierra estando joven. Entonces en la casada yo vendí eso. Y compré por allá en El Agrio una tierra. Yo viví en El Agrio un año (…) entonces yo vendí esa tierra allá como en 180 mil pesos. Por allá me resultó esa tierra con problemitas, entonces yo no me amañé, y vendí eso. De allá me vine con esa platica y compré esa finca que tengo ahora”.

Vueltas puede dar un hombre, aún dentro de su mismo territorio, hasta finalmente hallar el sitio en el que puede levantar a su familia. “Aquí en San Miguel, al otro lado de Rosendo. Eso llama por ahí El Chulí. La cañada del Chulí llama eso. Por ahí finca de café es sino la mía penas. Por ahí no hay café en ninguna parte. En la mera cafetera mía y el resto ya es rastrojo. Eso es de Riche David”.

La devaluación de la moneda pone a los viejos a hacer comparaciones de valor de las propiedades entre un tiempo pasado y uno más reciente. En sus apreciaciones el dinero no pierde valor sino que son los bienes los que ganan precio. “Y entonces en ese tiempo se hablaba era de pesos, y de ahí pa´cá se fue a miles. La plata se fue multiplicando prontico, prontico. Cuando yo compré allí, ya eran mil, ya no eran pesos. Ya no eran 37 pesos sino 37 mil pesos. Pa´que vea como es que la cosa va bailando”, manifiesta Luis.

En el video: Carlos Zapata no se puede resistir al sabor de los huevos duros.


El trabajo siempre ha sido aliado del hombre virtuoso. Quien presenta esta cualidad recibe las mejores ofertas en momentos difíciles y de necesidad. Así nos lo comenta Luis: “37 mil pesos era un infiernal de plata, pero mucha plata. Pa´uno hacer esa plata tenia era que mayajiar mucho. Tenía yo siete reses en esa finca, cuando me dice Riche David: te voy a vender ese rastrojo ahí´hombe. Usted que es un tipo trabajador, guapo y te estimo hombre, y vos sos verraco. Ahí no había ni un palo de café, no había ni una mata de banano; no había nada. Eso era un rastrojo y eran unos barrancos. Ahí no entraba ni el ganao. (…) entonces me dice: te voy a vender el pedacito de tierra y te tomo el ganao que tenés pa´que vias vos. Y yo le dije: ¿y con qué te voy a pagar el resto pues? –hombre, me lo vas pagando a trabajo que sea, hombre. Y me metí. Le di las siete reses. ¿sabe cuánto me dio por esas siete reses en ese entonces? 27 mil pesos. Y la tierra costó 35. ¿cuánto le quedé debiendo? Ocho. (…)Ya estaba casao yo. Pero le pagué esa tierra cosechando frisol, jornaliando”. Hoy en día Luis Ángel está muy agradecido con Ricardo David por creer en él y darle la oportunidad de tener su tierra para cultivar café, banano y adecuarla para el ganado.

El matrimonio de Luis Ángel fue muy parecido al matrimonio de enero de 2019 en el que él actúo como padrino, aunque con necesidades pudo hacer una modesta fiestecita. Al día siguiente de su matrimonio, que fue un sábado santo, consiguió dinero prestado con el difunto Luis Urrego, “veinte mil pesos pa´mercar porque yo era en luna de miel pero no tenía comida en la casa”, dice Luis con sinceridad.
Durante años debió pagar arriendo para vivir con su familia luego de venirse para el pueblo. Vivió durante ocho años en la casa de Chucho Rua. “Dentré pagándole a siete mil; por último, me lo puso a quince mil, de ahí me subió a veinte, y yo ya no fui capaz. Me quedé ahí porque le había pagado unos mesecitos por adelantao, y después se me cerró que no me arrendaba más”.

Los buenos amigos siempre aparecen en los momentos difíciles y son la salvación. “Pero como yo era tan amigo de los Jiménez, entonces hablé con los Jiménez, con Victor, Alberto, que era compadre mío. Pásese pa´esa casa abajo, pásese. Y me pasé pa´ya, donde era El Zoar, allá en toda la esquina, en esa casa que era de Juan Guerra. Eso era de tapia, ahora tiempos. Allá fui a retumbar”, así lo recuerda.

Barrio el Zoar
Algunas décadas antes, en el casco urbano de Peque, había una zona conocida como El Zoar; esta quedaba por la antigua salida para la Vereda Alto Bonito. “Un barrio de mujeres ahí, cantinas y bebedores. Eso se cayó; eso era una tapiería vieja”, afirma. Era muy común, años atrás, que en los pueblos provincianos como Peque, los lugares en donde el trago iba acompañado de otros placeres, estaban ubicados a las salidas de los cascos urbanos, una manera de evitar las miradas indiscretas y los malos comentarios.

Comenta Luis que el Zoar era un barrio de “mujeres calientes”, y que quien le daba vida y acción a este lugar era el difunto Juan Guerra el cual traía de a cinco y seis mujeres de Ituango (también se le unían a este grupo unas pocas mujeres locales que gustaban de este tipo de placeres); “ese era un sinvergüenziadero el hijueperra”, comenta.

En Pele y Coma no importa la talla de los clientes: gordos y delgados, todos son atendidos por igual por Luis Ángel.
No faltaron los incidentes, o más bien los hechos violentos en este lugar. Aquí murió de manera violenta un agente de la policía. “Se fue bravo pa´llá y en ese tiempo era muy verraco eso. Ahí se juntaba una gallada por ahí del campo pa dar machete y bala…y lo mataron estos güevones”, dice Luis.

Resistencia de los viejos para el trabajo.
Durante décadas trabajaron de sol a sol, o del alba a la penumbra padres, abuelos y bisabuelos. Nadie hablaba de horas extras, de explotación laboral o de códigos laborales. “La gente primero era muy verraca hombre. Jumm, en el tiempo que yo me alevanté, usted se levantaba era a las cuatro de la mañana y a las cinco ya tenía el taleguito con la comidita; y a las seis de la tarde no había salido del trabajo”, sostiene. Uno de los parroquianos que asiste a la conversación, agrega: “en ese tiempo el reglamento era, pardito pal´monte y oscurito pa´la casa”.

En nuestros tiempos, ni patrones ni trabajadores, se someten a semejantes jornadas, “y si usted de pronto por algún acaso le dice: hombre ahí que trabajar siquiera hasta las cuatro y media, le dicen no señor, yo no me comprometía a trabajar de noche”, lo dice Luis Ángel mientras ríe.

30 años de ventero
Luego de entregar la casa a Chucho Rúa, Luis y su esposa se muda para la casa de don Alberto Jiménez. Allí siguen ofreciendo los alimentos a módicos precios a las personas del campo. “Yo le abría oportunidades al campesino pa´que llegara ahí, con maíz, con panela, con café, con lo que quisieran arrimar ahí. Y al otro día eso lo llenaban de bestias así, vea. A levantar carga. Otros lo dejaban ocho o quince días ahí”, dice.

Los sancochos que preparaba la esposa de Luis los fines de semana para los campesinos eran posibles gracias a los fiaos que les otorgaba uno de los carniceros de la época. “Cesar Salas era carnicero en ese entonces. Entonces le dije yo a la mujer mía: vamos allí onde Cesar, camine pa´que él le fie cositas ahí. Entonces ya hablé con él (…) los sábados hacía un comidal de sancocho así, y yo el revuelto lo tenía en la finca. Traía dos, tres cargas de banano por semana, y el día sábado había comida. Y la mujer mía aprendió a trabajar sancocho con el hueso”.

Doña Robertina tenía un fin de semana agitado mientras su esposo Luis se la rebuscaba en las calles del pueblo. “Yo trabajaba aquí en la plaza con cigarrillitos en una casetica que se llamaba Kostazul. Me parece que era de Cenizo, o de Rigo o de José. De uno de ellos, yo no recuerdo; de este José Querenco. Yo trabajé mucho tiempo Kostazul. Vendía aguardiente, cerveza, cigarrillos, galletas, parva, banano maduro. Yo abría toda la semana; a la hora que yo tuviera tiempo. A lo último yo tuve una caseta de esas grandes, ahí. Eso porque me echaron de ahí (…) en tres veces trabajé en esa plaza: una bajo el mango, la otra me fui pa´lla donde hay un almendro al frente del comando. Entonces allá no se amañaron conmigo tampoco, entonces me mandaron pa´cá”.

La familia de Luis  está pendiente de que el puesto de venta siempre tenga el surtido básico de alimentos para atender a los clientes. Aunque las ventas son ligeras en unos días, en otros los huevos y los tamales esperan pacientemente. La ronda de una de las nietas al puesto confirma el hecho.
Nieta: Hola abuelo.
Luis: Quiubo mija.
Nieta: ¿Cómo va con eso?
Luis: Ahí, hay ventas
Nieta: ¿Todavía tiene?
Luis: Hay un poco
Nieta: Ahh, bueno. Chao.
Luis: Ahorita no manden nada.
Nieta: Bueno abuelo

La venta de bananos, huevos sancochados y tamales en la calle Candelaria es una solución alimentaria a campesinos y locales. Por algo el nombre popular de su puesto es “Pele y coma” como él mismo lo acredita. Desde 200 pesos que vale un banano, 500 pesos un huevo sancochado con arepa y 4.000 pesos un tamal, se puede apaciguar el hambre según el presupuesto.

La generación de Luis se ha multiplicado y ahora cuenta con nueve bisnietos. “Daniela ya tiene muchachita y esos son bisnietos ya. El Chavo tiene por ahí dizque un muchachito, también es bisnieto”. En esta casa se llena la olla para hijos, nietos y bisnietos. La preocupación por el alimento de los bisnietos es la misma que siente la madre por sus hijos. El plato del pobre rebosa más de amor que de abundancia. El humilde siempre confía que no faltará el alimento para su familia. Cada niño que viene al mundo trae su arepita bajo el brazo, dice el dicho popular de los pobres. La expresión de Luis "Pele y coma...¡y chuce! quizás indique que la vida solo da reposos para seguir luchando.


martes, 19 de diciembre de 2017

JOSÉ ISIDRO: LA VIDA TIENE MUCHAS HISTORIAS

JOSÉ ISIDRO DAVID HIGUITA

Reposando en su casa en las afueras del pueblo en la navidad del año 2017
luego de una temporada en la ciudad de Medellín
.
Nació José Isidro el 20 de septiembre de 1924 en el sitio conocido como Toldas de la actual vereda La Nueva Llanada. Describe José este tiempo como “una época muy aparte de la persona tener como pensamientos de ser doctores, estudiar”, aludiendo a las casi inexistentes oportunidades que había para el estudio.

Procede José de una familia de ocho hermanos siendo él el penúltimo, y el último en contar con vida, “pa´cabase la raza de brutos”, dice él de manera jocosa. Cuenta don José en el momento con 93 años.

Dice que cuando fue a la escuela, “apenas me iba a quitar una bata que la usaba uno hasta la edad de diez años”. La bata o funda la usaban los niños; era la única prenda de vestir que usaban los hombres hasta cierta edad y don José no recuerda si con ella llevaban ropa interior. Cuando ingresó a la escuela le dijeron que así no fuera, que debía usar pantalón.

Entre los profesores que recuerda José esta la maestra Dolores Restrepo y afirma que casi todos los maestros de esa época venían de Ituango. “En ese tiempo no es como ahora que estudian juntos, mujeres y hombres”, agrega. Recuerda que los hombres estudiaban aparte y las mujeres aparte; que los hombres no le podían dirigir la palabra a las mujeres y los maestros no le podían enseñar a las mujeres ni las maestras le podían enseñar a los hombres.

Realizó sus estudios primarios, hasta el grado quinto, en la escuela del pueblo. Quienes tenían mayor capacidad económica migraban hacia la ciudad para continuar sus estudios secundarios y universitarios. Los compañeros de escuela de don José, luego de terminar el grado quinto, lo invitaron para seguir en Medellín “pero mis padres no eran aficionados porque el padre mío no aprendió nunca a firmarse”, dice. Luego agrega, “yo aspiraba, a mí me gustaba el estudio, pero yo no pude, medio practiqué alguito porque cuando ya salí del quinto de primaria el señor Jesús Valle me dijo que si iba a estudiar más, y yo le dije que dónde pues”.

Se refiere don José a los de su época como “los de la primera generación” y dice de ellos que no les gustó estudiar y que por eso aún hay analfabetas, que no se saben firmar “y ya están pa´morirse, también”, agrega.
Viendo don Jesús Valle que José Isidro no tenía dónde estudiar en Medellín, entonces le prestó los libros y le daba explicaciones con el fin de que don José encontrase un trabajito. “casi todos los días iba a donde él y le preguntaba, ¿qué quiere decir esto?, y él me explicaba qué quería decir”. Los libros prestados a José Isidro eran sobre leyes y abogacía, como dice él. En palabras de José, don Jesús Valle no había estudiado pero había practicado mucho el conocimiento de los libros condición que lo llevó a ser alcalde de Peque durante mucho tiempo.
Ejerció José Isidro en su época varios cargos públicos. El primer puesto que ocupó fue de Corregidor (posiblemente nombre y cargo anterior al de inspector) del Corregimiento de Barbacoas. “Yo no sé por qué, no me acuerdo por qué resulté yo en ese punto habiendo yo estado en Uramita manejando un almacén”, se pregunta.

Trabajó administrando un almacén en el municipio de Uramita durante seis años. Dice que ese almacén era del Transporte Gómez y que los dueños del almacén eran los señores Rafael Gómez y Eduardo David, un primo hermano suyo. Afirma que estuvo allá gracias a las recomendaciones que dieron sus amigos aquí en Peque “como persona responsable, pa´llevar contabilidad y pa´ponele cuidado a las trabajadoras si de pronto le echaban mano a un peso pa´robáselo”, dice.

Luego de regresarse de Uramita y encontrándose sin empleo –por casi un mes- en su casa del Cielito, pasó don Miguel Tamayo (el administrador de rentas del pueblo), un amigo suyo, aunque conservador y le dijo a José que se preparara que lo iba a mandar para Barbacoas. “Como el gobierno era conservador, era muy colega con el alcalde y no era sino hablar con él y me metieron al medio y yo de varao también arranqué, me fui pa´ya y allá me estuve siete años, de corregidor”.
Vieja máquina de afeitar que lo ha acompañado durante los últimos 30 años.
Aunque tiene maquina de afeitar más reciente, sigue siendo ésta la preferida.

Los salarios en ese entonces eran muy bajos, solo se recibían seis o siete pesos al mes, “y con eso comía uno y le lavaban la ropita”. Allá en Barbacoas estuvo como corregidor hasta que se inició la violencia política de Laureano Gómez, “en calidad de liberal, y el gobierno contrario, pa´fuera, nos echaron”, recuerda José. Ambos salieron, él y su secretario, don Jesús Giraldo, hermano o tío de doña Lilian Giraldo -don José no está seguro.
Dice José que pasada la violencia política, el doctor Bernardo Guerra sonaba como presidente del directorio liberal de Antioquia y que con él podía recuperar su puesto de Barbacoas ya que había sido echado sin justificación, “hasta que de pronto cualquier día le dio a él por venir y me vio y me dijo: José vení, hombre te necesito”, comenta José.

Aunque no tuvo la oportunidad de conversar con Bernardo Guerra por lo asediado de sus seguidores, a los ocho días lo llamaron y le pidieron que se presentara en la gobernación, “pa´la posesión de inspector para Llanos de Urarco”, dice. Asegura José que para allá no iba ninguno porque le tenían miedo a esa gente porque mataban a todo inspector que fuese para allá, que si no lo mataban lo mandaban herido.

Del abogado al sombrero, José Isidro se posesionó y recuerda, “si voy a vivir días, allá paso un poco´e tiempo, y si me voy a morir, pues apenas llegue me traen en barbacoa pa´Peque”. Arrancó para Llanos de Urarco y dice que cayó como pedrada en ojo porque todo el mundo lo saludaba como don José, tanto las señoras como los pesados, y los bravos también; “hombre, y me salí estando allá seis años”, lo dice con gusto.

Recuerda José Isidro que luego de Llanos de Urarco fue trasladado como castigo para Pavarandó Grande, municipio de Mutatá gracias a una falsa afirmación, “en una campaña, sería para presidente o gobernador, yo no sé, y que le había hecho yo política al candidato contrario, no al del partido liberal”. Solo estuvo como inspector allí un año porque el calor como el mosquito le eran insalubres y luego fue trasladado para Barbacoas, nuevamente.

De su inspección en Barbacoas recuerda a los señores Hermógenes Duarte y a Vidal Torres y los nombra como “Los Propios Legítimos” ya que era a quienes se respetaba como "bravucones" y los dos usualmente se enfrentaban con cuchillo en la mano. Cuando José llegaba les decía, “sepárense que el peligro es para ustedes. Y prontico el uno pegaba pa´lla el otro pa´lla. No peliaban”.

José dice que Barbacoas es el corregimiento de las caratejas porque todas esas mujeres eran caratejas, que era muy poquiticas las que no tuvieran una que otra pinta.

Para el cargo de inspector, se le daba al funcionario en ese entonces un arma de dotación, usualmente un revólver, pero José Isidro lo dejaba en la oficina, “yo no cargaba eso; yo me ponía a pensar, ponese uno a cargar eso, le daña el corazón y de pronto hace un daño fácilmente, y por eso yo no lo cargaba”.

Después del tiempo de la violencia, estuvo Isidro mucho tiempo desocupado y le parecía que era bueno y que era capaz de aceptar el puesto de correo departamental de Peque a Uramita. En aquellos tiempos no había carretera por lo que las personas se trasladaban a pie o a caballo entre ambas poblaciones. El cargo de correo entre Peque y Uramita le parecía bueno a José por el pago: 70 pesos mensuales.

Alcanzó José el cargo de correo y le tocaba salir a pie a Uramita dos veces por semana. Recuerda que él salía de Peque, “con un costal a la espalda lleno de papeles, de plata, de carajadas ahí”. Salía de Peque a las tres o cuatro de la madrugada para estar a las cinco de la tarde en Uramita. El trabajo fue tan difícil que solo aguantó dos meses, “me cogían unos inviernos en esa cordillera, y llueva, y yo con el tercio a la espalda y un revolver terciao por aquí por delante”, agrega.

Y era que en aquellos tiempos, al que ejercía como correo, le daban arma de dotación como prevención frente a los posibles vándalos y asaltantes de caminos que trataban de apoderarse de lo que llevaba el correo. Con tristeza dice, “el trabajo más duro en la vida que yo conocí fue ese”. Salía los lunes y regresaba al día siguiente martes, descansaba el miércoles y el jueves para salir de nuevo el viernes y regresar el sábado. Recuerda, “me tomaba el tinto a las cuatro de la mañana en Uramita, me echaba el tercio a la espalda, y venía a desayunarme a Juntas. Entonces en Juntas me tomaba el desayuno y agarraba esa subida pa´entrar a la cordillera. A medio día estaba en la cordillera. Aquí llegaba a las seis o siete de la noche. Nada tengo de eso, pero sufrí mucho”.

Comenta don José que el cargo de correo lo llegó a ocupar gracias a la amistad que tenía con el empleado que estaba en la oficina. Dice que para ese cargo necesitaba fiador porque en el correo se llevaba la plata que mandaban de aquí para afuera y la plata que mandaban de afuera para Peque. Si el correo se robaba la encomienda entonces al fiador le tocaba pagar.

Pocas veces contó don José Isidro con una mula que lo transportara a él y al tercio del correo. Dice, “cuando los blancos iban pa´Medellín que dejaban las bestias ahí, yo me encasquetaba”. Con la expresión “los blancos” don José se refiere a los hijos de don Pacho Guerra y a los comerciantes, bien por el color de piel o bien por el dinero que tenían.

También don Isidro fue secretario del concejo, aunque pagaban muy poco, trabajó mucho tiempo. Así mismo fue secretario del juzgado y dice que pagaban un poquitico más y trabajó tres años. En ese tiempo el juez era don Justiniano Salas y José dice que “aunque no había hecho carrera manejaba esas cosas”. También trabajó con el municipio en el matadero. Además fue operario de la planta eléctrica del municipio durante tres años. Finalmente fue guardián de la cárcel durante dos o tres años.

Se enorgullece José Isidro porque tuvo historia pero no por ladrón ni por asesino. “No me gustó coger lo ajeno nunca”, manifiesta.

Termina la lista de trabajos don Isidro y dice que le administró un negocio de mercancía al primo Eduardo David con el que trabajó en Uramita. Trabajó con un señor Eduardo Castaño de Medellín como dos o tres años administrando un bar con billares en el lugar donde ahora está Martica Hernández. Trabajó mucho tiempo con el señor Jesús Vélez en el lugar donde ahora queda el directorio liberal, allí quedaba un local de cantina.


La vida tiene muchas historias”, dice don José Isidro al finalizar todo el recorrido de su vida en 50 minutos que duró la charla.

...y terminó don José Isidro todo el recorrido de su vida dejando el mundo físico el 11 de septiembre de 2018. QPD

ADRIANO GRACIANO HIGUITA: EL MOCHO CHINGÜÍLO

ADRIANO GRACIANO HIGUITA   - ¿Cómo dice aquí? - le pregunta alguien mostrándole un sobrecito de azúcar. – ¡Azúcar!- responde Adriano m...