jueves, 27 de junio de 2019

PEDRO JULIO DAVID: CHIMBITA - Y ASÍ ME DEJARON


PEDRO JULIO DAVID URREGO


-Yo nací en el mes que sigue a julio.
-¡Agosto!
-O junio. 22 de junio.
-¿De qué año?
-A pues, yo tengo aquí la cédula.
-Veamos.

Nació Pedro Julio el 21 de junio de 1943. Hijo de Nicolasa Urrego y Emeterio David Londoño, casados por la iglesia. Tuvieron diez hijos de los cuales él fue el último. Vivían en La Ciénega cuando Pedro Julio estaba pequeño. Esta tierra era de Jesús Díaz, primo de doña Nicolasa, hijo de Tulio Cadavid, personas de Santa Agueda. Era doña Nicolasa hija de Francisco Urrego, conocido como Tito Urrego.

Dada la mala memoria de Pedro Julio, los únicos hermanos que recuerda son: Fidelino, conocido en el pueblo como Nino, Maria de los Ángeles, Mariana, Israel, Octavio, Pedrito. Éste último falleció siendo un niño de dos años por lo que al nacer Pedro Julio le fue dado el mismo nombre de su hermano. Y se pregunta, “¿de qué sería que murió? Enfermedades que vienen tantas, que no sabe uno ni cuentas ni cuándo…”.

Para esta familia no hubo oportunidad de ir a la escuela por lo que la lectura y la escritura, y las operaciones básicas con los números no han existido en sus vidas. “En la escuela no tuvimos ninguno. Ninguno sabemos leer y escribir. No fuimos a la escuela ni un mes”, Sostiene. De la enseñanza recuerda a una maestra, “y le enseñaba por ahí a la gente, por ahí así en la montaña, en cualquier casita por ahí (…) y eso ha sido muy bien, hombre, uno saber tan siquiera firmar, pero nosotros no aprendimos ni a firmar, hombre”.
Pedro Julio motilando por los lados del coliseo.

Contaba Pedro Julio con aproximadamente ocho años cuando inició la época de la Violencia Política de Colombia. Su familia se escondió por el sector de El Retiro, arriba de Las Faldas del Café.

La falta de memoria y la ausencia de la escuela en su vida, lleva a Pedro Julio a hacer valoraciones desproporcionadas en los costos de las propiedades. Asegura que el terreno en el que se encuentra su casa (solo el plan), conocida como la Aguada, le costó en su tiempo un millón doscientos mil pesos hace aproximadamente cuarenta años. Esta tierra fue adquirida del señor Fabio Orrego. “Ellos tenían una cafetera ahí y entonces nosotros íbamos cogiendo cafecito en compaña con él mismo, de la cafetera de él mismo. Cogiendo cafecito,  le entregábamos la parte a él, y, la aparte de nosotros la secábamos y la entregábamos a él mismo pa´que la vendiera él. O vendíamos nosotros y le entregábamos la platica a él”.

Pedro Julio es casado con Benedita Higuita David, hija de Eulogio Higuita Salas, el que vivía en la quebrada en los que hoy son los predios de Diego Peque Rúa. Tienen cuatro hijos: Fabio, Oscar, Pedro y Flor

Viene ejerciendo el arte de la peluquería (barbería en la actualidad) desde la edad de los 15 años. Usó para la práctica de la peluquería a sus propios hermanos. Ellos le decían: “vení peluquianos hombre, el pelo crece otra vez, pa´que aprendás. Y ellos me ayudaron a conseguir la tijera. Esa tijera la conseguimos nosotros con don Pacho Guerra. Ese era el que manejaba las tijeras de cornetas –marca corneta - una marca fina. Y todavía las tengo. Me costó $ 30 centavos”.

Julio tiene sus propios clientes que lo buscan para que los motile ya que no les gusta que los motilen con máquina. Es el único barbero del pueblo que ejerce su profesión sin local, sin sitio fijo. “Por ahí en cualquier parte”, dice. Se le puede ver atendiendo a sus clientes por los alrededores del coliseo, en el parque o en cualquier otro sitio donde su cliente se pueda sentar. “Vamos pa´allí pa´la plaza, donde esté más toldaito”, dice a alguien cuando lo va a motilar. “Y ahí gano yo los tres mil pesos. hay veces que me gano hasta los cuatro y me gano por ahí los …$ 10.200, 2.000 ¿qué?, los 5.000, que los 10.200. Ahh, 12.000, pues. Porque en dos, son seis; en tres, son nueve; y en cuatro, son 10.200.
Herramientas de trabajo de Pedro Julio. Las tijeras más
viejas las compró al señor Pacho Guerra


El sobrenombre de “Chimbita” se originó de su propio arte. “Cuando eso era don Aquilino, era el puertiero allá en la cárcel. Ese era el que manejaba allá los carceleros. Mantenía por ahí afuera, sentao, por ahí así en la puerta. Entonces me dijo: venga, hágame el favor y me peluquea aquí, hombe, siete peludos, que están muy peludos y me los peluquea que yo le pago. Y en ese tiempo era como a 300 pesos la peluquiada. Yo los peluquié y él me dio la platica. Con eso compré yo un poco de cosas, pues. Cuando eso 300 pesos o 300 centavos era mucha plata. A 300 pesos no peluquiaba yo, a 300 centavos. Entonce yo cuando ya acabé de peluquiar los muchachos… oiga don Aquilino, estos muchachos lo que sí quedaron fue muy chimbita, hombe. Y entonces cada que pasaba yo por ahí: hombe, ¿cómo quedamos, hombe? Quedamos muy chimbita, hombe. ¡Allí va Chimbita, ve! Y así me dejaron”.

Otro trabajo temporal que ejerció Pedro Julio fue el de arenero. Trabajó sacando arena con Juaquín, conocido como Juaquín Cojo. Ganaba a ocho mil pesos el día.


Es Pedro Julio de los hombres de patillas anchas y largas hasta la altura de la comisura de los labios. Sombrero de ala mediana ligeramente volteada. Botas de caucho llanera, carriel tradicional de cuero y pelo. Luce anillos de metal sencillo en ambas manos, poncho al hombro y reloj clásico metálico. Su presencia evoca el campesino tradicional de los años 70.

Cuenta Julio con dos dientes de oro en su dentadura postiza. Sus dientes rememoran los años mozos de soltero. “No me había casao yo todavía cuando yo tenía caja. Mi hizo sacar los dientes mi´ama porque yo tenía unos dientes muy jodidos, muy podridos. Entonces me los hizo arrancar de doña Romelia, la señora de Franco Guerra, y entonces ella misma me cuadró la caja. Uno es muy calavera, hombe. Y se pone uno por ahí a tomar y entonces me dañaron los dientes. Esas caídas por ahí, se me perdieron los dientes. Y entonces yo los hacía cuadrar por ahí con dientecitos por ahí así”.

Esos tragos y borracheras dejan señales en la piel. Y no precisamente por los accidentes cuando se pierde el paso o cuando se cae de la bestia, pero sí por los incidentes con paisanos y vecinos que desenvainaban sus peinillas para solucionar las diferencias. Por su herida en la cara algunos le dicen que él fue muy malo. A lo que él responde, “malo fue pero el cuero que le entró la peinilla”.

La herida en la cara se debió al negocio de una peinilla (machete). “Estaba yo, pues, cuadrando un negocio que yo le debía a él. Entonces Darío Valderrama me dijo, hombre, cuándo me vas a pagar pues la platica que me debés, hombe. Hombre, pues yo hasta ahorita no tengo plata. Y era por ahí como 30 centavos. Y era una peinilla que le debía a él. Como la peinilla de él estaba más buena pues, ´taba nueva, entonces yo le hice la encime a otra peinilla que estaba más viejita”.

Estaba cerca el cuñado de Darío escuchando la conversación y de manera envalentonada irrumpió en la querella pidiendo aclaración a lo que Julio respondió: “un negocio aquí, pero espere un momentico usted que yo no tengo negocios con usted, sino con él. Entonces le chocó mucho por eso. Y dijo: ¡qué te pasó pues hombe, mogoso! Y ahí mismo me pegó una trompada, y entonces fue donde nos colgamos ahí. Y entonces me corrí un poquito pa´bajo pa la cantina de Octavio Guerra. Le dije: aguardame. Entonces me dijeron: vete más bien, home. Y me fui por ahí pa´bajo y me encontró fue así, vea, dormido. Cuando llegó y taque carajo. Entonces yo sentí fue como una pedrada que me pegaron aquí, vea. Entonces saqué la mano y ahí fue donde me la pegó aquí”.

Pedro Julio pensó que su herida en la cara sería un mal augurio o un impedimento para encontrar pareja. Él comenta: “y fui tan de buenas yo que se casaron conmigo. Me casé por ahí como de 22. Me encontré esa muchacha por ahí y me aceptó pa´casanos, y nos casamos”.

Vivió Julio 6 años en Necoclí. Se desplazó para allá en el año 2001 cuando las autodefensas irrumpieron en el municipio de Peque. Vivió allá con su hijo Pedro, al que afectuosamente le dice Pedrito. En el año 2007 retornan a Peque. “Nos vinimos ya pa´ca porque el Pedrito dijo: oiga pa. Por aquí ya no. Yo no lo dejo por aquí. Nos vamos. Pues ese siempre ha vivido es conmigo. Váyase mijo que ya después viene por aquí, y viene y me ve, y vuelve y se va. No, no. Es que por aquí no lo dejo. Entonces me tuve que venir con él”.

Y seguirá Pedro Julio con sus tijeras y su peinilla -pero de peinar- esperando a los hombres curtidos de pelo blanquecino y muchas líneas en su frente que se niegan a que una máquina corte su cabello. Es un trabajo que lo hizo hábil en su práctica y de poco esfuerzo. A su edad, no le dan un jornal, y cuando se atreve a solicitarlo, esta es la respuesta que recibe: “¿hombe, me vas a alquilar pa´ganar la comidita? ¡Usted ya no trabaja nada, hombe!”.

Genealogía e historial genético
El padre de don Eulogio Higuita se casó con una señora Salas de la Vereda El Aura.
El padre de don Eulogio era primo de doña Nicolasa Urrego

jueves, 18 de abril de 2019

AQUILINO SALAS SALAS: AQUILEO. Nos queda mucha tela por cortar


AQUILINO SALAS SALAS


Nació don Aquilino Salas el 25 de junio de 1931. En el momento cuenta con 87 años, próximo a cumplir 88. Hijo de Marcos Antonio Salas Posso y Laura Rosa Salas Guerra, primos entre sí, un hecho frecuente en la conformación de las familias de antaño cuando las relaciones se establecían, no por el gusto de la muchacha sino por la recomendación, a veces por la imposición, de los padres sobre su futuro esposo.

Don Marcos y doña Laura tuvieron 9 hijos, cinco hombres y cuatro mujeres: Teresa, Arnolda, Ernestina, Angélica, Ismael, Aquilino, Natanael, Salomón y Enerías. Don Marcos, saliéndose del potrero, tuvo otros cuatro hijos por fuera del matrimonio: Francisco, Antonio, Magdalena y José Benedo. “Me parece que un Franco Guerra, hermano de Albuino, hijo de Ilduara Guerra, parece que lo sindicaban a él (como hijo de don Marcos)”, comenta.

El segundo apellido, Posso, del padre de Aquilino es de los Possos actuales de la Vereda Las Faldas. “Lo más gracioso que me parece, es saber el nombre hasta del tátara tátara abuelo por mi papá. Él fue el que me dio a conocer ese origen”, dice Aquilino. Era Marcos Antonio Salas hijo de Francisco Antonio Salas Valle y Maria del Rosario Posso; Francisco Antonio Salas era hijo de Celestino Salas (Aquilino no recuerda su segundo apellido), y Celestino Salas era hijo de Hilario Salas. Con los años actuales con los que cuenta Aquilino más cuatro generaciones antes estamos retrocediendo en el tiempo aproximadamente 200 años.

Por el árbol genealógico de su madre no recuerda casi nada, “es que ni recuerdo, tal vez sería Alejandro Salas que llamaba el papá de mi mamá…y Amalia Rosa Guerra (…) ella, Laura Rosa, era como sobrina de un Aldemar Guerra y Manuel Guerra, apodado Manuel Lazo. Le dieron ese nombre porque en ese tiempo la repartición de fincas la hacían, la medida no era un metro, sino un lazo. Entonces él dizque fue uno de los peritos de una partición aquí en esta finca de San Juliancito. Heredó pues ese sobrenombre porque sería él el que cargaba los lazos”, comenta.

Aquilino y su padre Marcos Antonio Salas
Aquilino Salas cree que nació en la finca El Madero, de la Vereda El Aura, al noroccidente del municipio a tres horas de camino del casco urbano. Estuvo en la escuela cuando tenía 14 años y solo estuvo seis meses allí. Dice que los padres de familia cometen el error de querer que los hijos hagan lo que fueron ellos.

El conocimiento de las letras y los números se los debe gracias a su madre Laura Rosa. Recuerda, “mi mamá nos enseñaba a Ismael y a mi…Ismael era como más rebelde. Nos enseñó a leer las propias letras (…) recuerdo patentico que yo la primera palabra que yo ajunté fue la palabra n-u-e-v-o. Cualquier día encontré yo un nuevo testamento, uno pequeñito así, y en la pastica me puse a ver, a juntar letras ahí, entonces yo empecé n-u-e-v-o. Entonces ya la dije: ¡nuevo! Esa era primer palabra”.

Don Aquilino en su memoria vuelve a su infancia y recuerda a su madre Laura en su papel de maestra. “Lo gracioso de cuando mi mamá nos enseñaba, ella nos ponía las tareas pa leer y luego nos tomaba las tareas. Ismael, como era más rebelde, y no le gustaba el estudio, entonces mi mamá nos regañaba, o a él que no daba la tarea. Entonces decía él: a mí no me gusta eso, a mí demen un azadón pa´trabajar (remedando el tono de voz). Y yo como me gustaba el estudio, yo me aguantaba calladito y seguía bregando”.

Había en esos tiempos un folleto grande con el cual se aprendía a leer. No está seguro de su nombre pero cree que se llamaba Citolegia. “Yo aprendí a leer ahí. Ahí enseñaba mucho la ortografía. Tenía unas palabras muy largas, decía semipelagianismo; y ahí decía la forma de leer. Decía que después de punto final se suspendía la lectura como si temiese leer lo que sigue (…) me gustaba mucho leer. Yo encontraba en ese tiempo un pedazo de Colombiano, por ahí todo sucio, hasta de caca será, y yo cogía esos mochitos de papel y podía leelos”, dice.
Texto Citolegia con el cual Aquilino mejoró su lectura


Los seis meses que estuvo en la escuela los estudió en la escuela urbana. “Yo no sé cómo me trajo mi papá. Vivía mi tío Justiniano donde es la casa pastoral ahora, (de la iglesia Presbiteriana) y verdad, estudié seis meses. En el campo no había una escuela mejor dicho; si acaso habría escuela en algún corregimiento”, recuerda. El primer maestro de don Aquilino fue Guillermo Calle. El segundo maestro fue Miguel Suárez, padre de Cochise, el esposo de la maestra Deisy Guerra.

No faltan los pormenores de salud que hacen cambiar el rumbo de la vida de cualquier persona. “Estando estudiando yo me enfermé mucho. Entonces mi papá me llevó a Cañasgordas a haceme formular. Salíamos en bestia hasta Uramita. Y por ahí por donde está Pocholín vivía un señor Ismael Restrepo que era el médico aquí. Era el que algún herido, ese era el que lo remendaba (no era médico titulado). Tenía unas cositas ahí, unos frasquitos ahí de medicina, y ahí tenía pues la droga él. Y entonces me trajo él pa´ceme aplicar unas inyecciones que me formularon en Cañasgordas. Ese señor me aplicaba las inyecciones y yo me alenté. Entonces mi papá me llevó pa´la montaña otra vez a trabajar. Mi mamá era la que decía que mi tío Justiniano le había dicho a mi papá: déjeme ese muchacho que yo le doy el estudio. Y él no quiso”, lo recuerda con un poco de nostalgia.

Conoció Aquilino Salas a Virgelina Tuberquia, su esposa, cuando los padres de ella la enviaron a Peque, desde la Vereda San Julián de Barbacoas, para aprender la sastrería. El tutor de ella era don Tulio Valle. “Estando aquí nos distinguimos, pues yo le manifesté, no le caí mal. Ella aprendió la sastrería, luego se volvió a ir pa´la casa y se puso a trabajar, cosiéndole a toda esa gente por allá (…) ya quedamos fue como novios. Yo quedé visitándola cada dos meses. Yo iba el sábado, me quedaba el domingo y el lunes volvía y arrancaba. Duramos dos años de novios. En esos dos años le hice doce viajes”.
Aquilino y su esposa con su primer hijo
Al lado de doña Virgelina, don Aquilino también se hizo sastre pero no le gustó el trabajo. “Uno empleaba por ahí cualquier recurso comprando forro, hilo, botones y todo eso. Hacía uno un pantalón muy contento dizque porque el domingo lo iban a sacar, y ya ve hombre, duraba un pantalón hasta de a dos y tres meses y el dueño sin aparecer. A lo último ya me decepcioné ya porque empezó a venir de una vez la ropa confeccionada, y ahí sí que menos”.

Época de la violencia
Cuando empezó la violencia contaba don Aquilino con 18 o 19 años. Al principio muchos campesinos continuaban en sus labores agrícolas porque no había incursiones de la policía ni de la contrachusma. Pero en la parte final de ella, ante la arremetida de la policía y la contrachusma muchos de ellos se vieron obligados a esconderse, a huir o a engrosar las filas de las guerrillas liberales. “Ya llegó una comisión que se instaló aquí en el casco urbano, y ya uno joven, sintiéndose pues dizque hombre. Entonces yo le dije a Ismael: esta gente se apoderó aquí del pueblo y va a echar a comisionar por las montañas, y encuentra a uno por ahí descuidao, por ahí lo salen matando así facilito. Yo me voy a ir pa´la guerrilla, yo me voy a meter a la guerrilla. Y entonces a él le pareció también buena idea”.

Uno de los comandantes de la zona era Pedro Mazo, cuñado de Aquilino, esposo de Arnolda. Tanto él y su hermano recibieron del comandante, como dotación, escopetas de chispa. “El que comandaba aquí propiamente como de más rango era Azulejo; ese era muy candelero. Él era de por aquí de Renegado. El nombre de él era Juaquín Guerra. A la persona le buscaban el nombre según su aspecto, su fisonomía o su ánimo (así surgían los alias de los guerrilleros)”, recuerda. En la tropa, Aquilino era conocido como Chaparral. Él mismo, con hilo, puso en su camisa este alias por lo que sus compañeros no tuvieron necesidad de buscarle un nombre para identificarlo en la tropa.

En una de las comisiones en las que participó don Aquilino fue hacia Urama, por El Poal, y regresando por San Benito, San José de Juntas y pasando a Urarco. Una jornada de tres días y sin comer. Se decía que en Urama había un cuartel de policía o contrachusma. Se pusieron de acuerdo los comandantes para ir a atacar ese cuartel, no solo de Peque, sino de varios lugares, “allá nos ajuntamos 520 hombres. Allá estaba un capitán gordo que era de por allá de Urrao (…) A mí me dejaron en cierto punto como de seguridad (de regreso). Si iba el enemigo ahí, ahí se les disparaba, y ya los que estaban en otra parte también se alistaban para ver qué era lo que pasaba”, asegura.
Posa para la foto con fusil y gorro prestado
de un soldado amigo


La mayor preocupación de los chusmeros era mantenerse con vida, no había preocupación por el alimento porque no había. De vez en cuando en alguna comisión se probaba la carne, sin sal, por el sacrificio de un animal arrebatado al enemigo. Así lo describe Aquilino: “tres días sin comer. De allí de Urama mataron una novilla y nos repartieron de a libra de carne envuelta en unas hojitas. Me la amarré aquí (en la cintura), envuelta en esas hojas, y al andar por ahí por cerradal, por rastrojo, por medidas de seguridad no podía andar por los caminos, y a medio día esa libra de carne boliando ahí pelada apenas que amarrada con la cabuya (risas), se le había acabado la hoja. Y que no se podía prender candela en el día que por ahí se veía el humo, y que de noche también se veía la luz”. Cuando se podía encender una fogata en el transcurso de una comisión, el tiempo y el peligro no permitía hacer las cosas bien, y cuando la carne se ponía en un palo para asarla, lo que se conseguía era ahumarla, pero así se consumía.

La dentadura natural y en buen estado era una ventaja para quien hacía parte de las filas. Así mismo ir en la retaguardia daba otras probabilidades. “Por ahí llegamos a unos cañaozales, pero los que tenían dentadura buena, pues muy bien, pero yo le que hacía era machacar y chupar. Los lanteros se comían las naranjas, los bananos que encontraban por ahí maduros, por ahí en esas cementeras por ahí de paso. Y los traceros, nos comíamos las cáscaras”, asegura.

La sal en la época de la violencia era un recurso de muchísimo valor. Quien la tuviese, tenía la posibilidad de preparar una sopa rápida con ausencia de granos, verduras y condimentos. “Cuando llegaba a ciertos puntos que había agüita, entonces cogía una hoja y hacía una copita así, le echaba un sentidito de sal y me lo bogaba. Y esa era pues toda la comida, ¡oiga! Esa era la comida, y de no echarle más nada y de aguantar hambre, a lo último lo que nos agarraba era un curso”, recuerda.

Hubo una comisión en la que Aquilino no pudo participar por cuestiones de salud. “Llegamos a una vereda que llama la Llorona (al occidente de Los Llanos), y así pasamos la noche todos emparrandaos y tomando caldo ´e vaca sin sal. Y ahí fue ´onde yo salí y era yo cada ratico pa´un lado del camino, metiéndome a hacer las necesidades…y mal, como se dice, suelto el estómago. Y sabiendo que la jornada era de días, no era de aquí a allí. Imagínese que era pa´subir a Paramillo y bajar por ahí y salir por los lados de Dabeiba, un punto Chambuscaos. Entoces, si yo me voy así lo que me salgo es muriendo por allá. Yo bien débil, ahh, y pa´guantar hasta sin comer. Eh, no voy, yo me voy a devolver. Me hice a un lado del camino, hice la necesidad (…) y yo me devolví”.

Los hombres de las filas que se hacían arrestar (disciplinar) por los mandos por alguna circunstancia, eran encomendados a Aquilino para que fuesen a hacer retén en un punto llamado la Esperanza, arriba de San José.

Fusil grass. Este tipo de armas en algunas ocasiones
eran arrebatadas a la policía y a la contrachusma
Otra de las comisiones en las que participó Aquilino fue a Pocitos, “donde hirieron a Azulejo y mataron a otro apodado El Perro”, asegura. El operativo estuvo mal coordinado ya que fueron los mismos compañeros quienes hirieron con un grass a Azulejo en el muslo. Rodearon una casa de cancel y dispararon sin tener en cuenta que los proyectiles traspasaban la casa de lado a lado; uno de estos hirió al Azulejo. “Ese señor sufrió mucho. Del Aura se lo llevaron para abajo, para El Higuerón, en una trojita por allá (…) que va y de pronto una comisión no lo encontraran por ahí herido y que lo acabaran de matar. A lo último se le canceró esa herida hasta que a lo último… (ya se sabe el final)”, comenta.

El difunto Azulejo era sin agüeros, era muy candelero. En una noche se vino de Boquerón con Ruben, Aquilino y otro. Se aproximaron por los potreros y rastrojos por donde hoy queda el caserío JD y el potrero de Walter Hernández. El Azulejo pidió a sus compañeros que lo esperasen, no les pidió que lo acompañasen ni mucho menos que le cubriesen la espalda. De manera furtiva subió por la calle Nariño … y de buenas para la policía y de malas para el chusmero, que ninguno de ellos le dio papaya. Tenía la policía el comando de operaciones en lo que hoy es la iglesia presbiteriana. En la parte de afuera tenían sus trincheras con piedras.

En aquellos tiempos no había ni médicos ni enfermeros en medio de la tropa. La chusma liberal no tenía acceso a los analgésicos  y sedantes. Los heridos en acción tenían que padecer el rigor del dolor mientras sus compañeros los cargaban al hombro o en barbacoa hacia lugares seguros, apartados del enemigo, para que se recuperasen, o en el peor de los casos, para que muriesen.

Comenta Aquilino que el arma que cargaba en la violencia era una carabina de 18 tiros la cual la tomó el difunto Perro de uno de los contrachusmeros que venían por los lados de Sabanalarga. Estos se quedaron sin munición en un cafetal porque hacían muchos disparos para asustar a la gente olvidando que se podían quedar sin munición. “El contrachusmero apenas vio al difunto Perro, dizque lo encañonó, pero no tenía pertrecho y el difunto Perro no le comió carreta y se le fue a machete y ese hombre de susto dejó la carabina”.

A la policía acantonada en Peque y en Los Llanos no le quedaba fácil movilizarse ya que los chusmeros montaban retenes en sitios estratégicos. Había cuartel en Las Lomas, retén en Boquerón (el filo al frente del pueblo), en Popal, arriba de San José. La policía de Los Llanos recibía el mercado de Ituango y estos traían la parte del mercado a la policía de Peque. El primer “queme”, asalto, que le hizo la chusma a la policía que bajaba de Los Llanos fue en Las Faldas en el sitio conocido como Las Tapias, sitio de propiedad de Juaquín David, padre de Enrique David.

Cena familiar conmemorando sus 87 años

En la violencia los caminos se abandonaron cubriéndose de rastrojo. Para evitar sorpresas, la policía de Los Llanos, con ayuda de los contrachusmeros, rozaron el camino, formaron rollos de rastrojo y los rodaron hacia abajo sin percatarse que le estaban haciendo un favor a los chusmeros al cubrir y ocultar los huecos y cuevas desde los cuales eran vigilados. El trabajo estaba coordinado entre los chusmeros que se ubicaban en El Tablazo y los que se encontraban dispersos por el camino de Los Llanos. En El Tablazo estaba Alejandro David, alias Sanchecerro. Se le encomendó a Sanchecerro, como señal para los chusmeros que estaban ocultos en el camino de Los Llanos, extender una sábana blanca cuando la policía partiese de Los Llanos hacia Peque. Llegó el momento de aplicar el santo y seña, y Sanchecerro no solamente extendió la sábana sino que se largó a silbar lo cual puso en alerta a la policía. Sin embargo la policía siguió adelante, “y Pedro Mazo les quemó uno y no pudo hacer más porque la escopeta se le encascaró, era una escopeta grass, que era de manubrio como un grass. Y Dominguito, ese martilló y no le dio fuego la escopeta, y ya tuvieron que volasen”, agrega.

Una anécdota graciosa de guerra que recuerda Aquilino es aquella en la que montando guardia con un chusmero conocido como Cartagüeño, en uno de los huecos de vigilancia por los lados de Popal. Éste, sentado con los codos apuntalados en los muslos, las manos sosteniendo sus mejillas y los ojos abiertos mirando al frente, permaneció largo rato en esta posición. Sorprendido estaba Aquilino al ver a su compañero de guardia aguantar tanto tiempo con la atención fija hacia el horizonte. “Yo ya cansao de estar parao, y ese hombre en esa posición, ehh! ¡Que hombre si que aguanta en esa posición, hombre! Me le asomo por debajo, y era una lunita algo pardita pero se veía. Me le asomo, hombre pero dooormidoo. Cojo una pajita y le hago así (en la nariz). Y el hombre, sniff, sniff. ¡Oiga!, ¡yo que me moría de la risa!”, lo recuerda con risa.
Con su esposa Virgelina


Hubo un dragoneante del ejército de apellido Rodríguez, que por cosas del amor o del destino le tocó enfilarse en la chusma. En las filas de la guerrilla liberal le fue dado el rango de teniente. Cuando este dragoneante pagó su servicio militar venía a visitar a Peque a Oliva Hurtado, hermana de Toño Chumbimbo. Estando en amoríos con Oliva no pudo regresar a su casa porque en Uramita había retenes y quien se atreviese a movilizarse terminaba muerto. El reservista no tuvo más opción sino que “preguntó dónde estaba la guerrilla, y ellos estaban al frente de Iracales (al otro lado del cañón) en un sitio que llama Algarrobal. Entonces se fue pa´lla. Como quien dice, ya me tocó quédame por aquí”.

El teniente Rodríguez era malo o se hizo malo. Mató a Kico Chancí, llamado León de Apure, en el parque por donde se encuentra la imagen de la India Peque. “Con ese fusil le martillaba a ese señor, y ese señor amasaito así de las manos pa´tras (el arma no daba fuego) – Mi teniente, ese pertrecho está frío – Entonces había otro soldado ahí de los que se habían salido con fusil (por estos lados, algunos soldados se habían volado con los fusiles y se metieron a la guerrilla). – ¡Mi teniente, dispare con este que este no niega candela ni en los infiernos! Oiga, de verdad. Lo que pasaba es que parece que ese señor como que sabía cosas,  el fusil de ese Rodríguez no estaban cruzadas y el otro tenía las balas cruzadas y entonces ahí si cayó”.

Sindicaban al León de Apure de quedarse con el pertrecho, o sacar parte del pertrecho, que mandaban de afuera para los liberales con él. Lo sindicaban de que vendía el pertrecho, incluso a las misma guerrilla liberal. “Entonces por eso le cogieron falla, o lo vendía, o sí. Entonces por eso lo mataron”.

Todo hombre malo tiene su fin y el del teniente Rodríguez fue en una comisión que se envió a Guacharaquero incluso cuando la situación estaba ya buena. “Ya el tiempo arreglado. Como es que meten una comisión dizque pa´Guacharaquero por allá dizque a donde unos godos que habían por allá. Más ni nada había. Por allá los cogió la policía y la contrachusma y de allá los derrotaron. De lejos se disparaban. Él como muy guapo ´izque se paró derecho ´izque a´cele sonar una pistola, a disparales con una pistola como pa´que oyeran que sí tenían con qué. Y ahí mismo llegó una bala del enemigo, y dice Ismael que hasta paró las patas cerquita de él. Algunos compañeros salieron con él arrastrándolo pa´no dejalo ahí…y verdad, a él lo trajeron”.

Cuando terminó la época de la violencia y asumió la presidencia el general Gustavo Rojas Pinilla, este convocó a los guerrilleros liberales a que se presentasen con el propósito de brindarles amnistía. “Sé que el comandante que se presentó con nosotros fue Miguel López, El Aguilón. (Él vivió con Elda López por aquí en Las Faldas. Él era de por allá debajo de Montarrón). Nos presentamos con las armas, con lo más malo, un arma en dos pedazos: la cacha separada de la caja. Eso lo recibían ahí y eso lo llevaban pa´ presentalo por allá. A nosotros nos llevaron, entonces nosotros nos fuimos con el ejército. De aquí fuimos a Juntas, eso era a pie. Ahí en el camino a uno mismo, de los guerrilleros que iban a presentarse les ayudaba a cargar el armamento. Amanecimos en Juntas en el cuartel de los soldados que había allá. De ahí nos madrugamos, nos fuimos hasta Uramita y ahí nos montaron en carro, en jaula, nos llevaron a Medellín. Ahí nos tuvieron como 20 días. Estábamos era aguantando hambre allá”, asegura.

En tiempos de paz, Aquilino probó su agudeza de tiro en una ocasión. “Habían unos soldados y Perrunga siguiendo una garza. Los soldados le disparaban con unos fusiles y no le apuntaban. Entonces yo salí por ahí cuando ¡oiga, venga hombre! Y Perrunga estaba cargando la escopeta. ¡Hombre, usted dizque tiene puntería! Bastante alto estaba la garcita por allá. Una escopeta de chispa desde que esté bien asestada, lo que uno cobije con esa mirita, ahí es. Y al momentico pal´suelo”. La garza estaba en unos árboles grandes y gruesos por la parte de encima por donde hoy es la casa de Walter Hernández, Cuzco.

Libreta militar de Aquilino
Otras ocupaciones
Desde los años 60, el municipio contaba con planta hidroeléctrica que proveía el alumbrado público para el casco urbano. La planta se encontraba en los terrenos donde hoy se encuentra el hostal de Diego Peque Rua (Perma). Esta planta solo se encendía al anochecer para encender los bombillos que se encontraban al interior de las casas. Aquilino Salas uno de los operarios (plantero en ese tiempo) de ella. “Y eso era una lucecita, que eso, la dominaba una plancha. Por donde ponían una plancha pa´planchar, ponía la luz más opaquita. Era prohibido tener una plancha (…) por las calles no se veía un bombillo”, recuerda.

El tiempo fue pasando y se pensó en una planta de mayor potencia, una, que además de alumbrar los hogares también alumbrase las calles y sirviese para conectar una plancha, un fogón eléctrico, una nevera o un televisor. Se inició el proyecto haciendo la sequia (viaducto) desde la bocatoma en la parte alta de la quebrada hasta el frente de la vieja planta. Aquilino trabajó como obrero en este proyecto aproximadamente ocho meses. Aunque Sacramento, citador de la alcaldía, conociendo que el ingeniero encargado del proyecto era un poco chupasangre, le dijo a Aquilino que si aguantaba ese primer día de trabajo no aguantaría el siguiente. A los dos días le preguntaron al ingeniero como le había ido a Aquilino y este dijo que era el mejor trabajador que tenía. Construido el proyecto, también laboró Aquilino como operario de la planta.

Muchos recuerdan al encargado de encender y apagar las luces caminar por las calles del pueblo con una vara larga para subir y bajar las cuchillas en las esquinas a las 6 de la tarde y a las 6 de la mañana.

Otro de los cargos desempeñados por Aquilino fue el de guardián de la cárcel del municipio. Llegó a este cargo porque Jorge Carvajal, que era guardián, lo recomendaba para que lo reemplazase en las vacaciones. Los otros guardianes también lo pedían para que les hiciese sus vacaciones. Jorge Carvajal renunció entonces posesionaron a Aquilino en el cargo. Trabajó diez u once años continuos. Otros guardianes que trabajaron en diferentes temporadas con él fueron Ovidio Torres, Cesar Torres, Rigoberto Torres, Heriberto Pimienta, (Güeveto) y William Guisao
Descansando, luego de un rato de trabajo

De Heriberto recuerda la siguiente anécdota: “no había papel higiénico, y entonces le cogió una necesidad y no encontró más sino que se llevó una orden de libertad y se limpió la nalga con ella. Y entro yo cuando… ¿hombre, esto no es orden de libertad? Le digo, hombre, ¡vos como que te limpiates la nalga con una orden de libertad! ¡hombe, yo no sé qué vas a hacer pero, te vas a encartar porque yo tengo que decir que fuites vos! Yo lo que le dije fue: vas y la limpies bien y la volvas a colocar aquí; por malas vienen y nos preguntan por esa orden de libertad y que no aparezca, y ve que aquí nos vamos a embalar. Él la limpió, quedó como algo manchada pero él la metió en las otras órdenes”, se ríe mientras lo narra.

De los hombres bravos que recuerda Aquilino que haya estado en la cárcel es a Octavio Guerra. “Ese que se le enfrentaba hasta a la policía.    No le faltaba un revólver en el carriel. _ ¡Una requisa! Haber abra ese carriel _  y hay mismo dizque lo sacaba.  _Haber, ¿quiere que cambiemos?_  y ellos no podían proceder así; y si lo iban a coger, entonces él les quemaba. Entonces se iba yendo (…) y era sequito de risa”.

Para Aquilino son 87 años de historias que al narrarlas lo trasladan en el tiempo volviendo a ser joven, hábil y fuerte. Se recrea en esos paisajes de campo, caminos, ríos, selva, animales. Dialoga con esos personajes, chusmeros, campesinos, soldados, jornaleros. Todo vuelve a la vida en la  mente de este personaje. Y le queda mucho por narrar porque se despide diciendo: “nos queda mucha tela pa´cortar, mijito…y divertida”.

Genealogía
Marcos Antonio Salas Posso y Laura Rosa Salas Guerra fueron padres de Teresa, Arnolda, Ernestina, Angélica, Ismael, Aquilino, Natanael, Salomón y Enerías. 
Fuera del matrimonio, Marcos Marcos Antonio Salas y doña Rosahelina Mazo fueron padres de Francisco Mazo, Antonio María Mazo y Magdalena. Con doña María Chancí don Marcos Salas tuvo a  José Benedicto. También se dice que Albuino, hijo de Ilduara Guerra, era hijo de Marcos Salas.

Teresa Salas fue madre de Eliseo, Crisanto, Alicia, Leticia, Oscar Omar, Aníbal, Edith Nelly, Gladis
Ernestina Salas fue madre de Conrado, Flor Angela, Jacob, Laura Eugenia, Astrid y Geiber.

Arnolda Salas, casada con Pedro Luis Mazo, fueron padres de Israel, Franquelina ( fallecida ), Blanca, Edelmira, Raúl, Epifanio, Resfa

Angélica Salas fue madre de Berta, Lucía, Omaida, Zulema, Jabdiel, Giovanny, Wilmar y Yolanda.

Salomón Salas, casado con doña Luz Ángela Salas, fueron padres de Víctor Manuel, Solmira, William Arturo, Laura Eugenia, Juan Ignacio, Luz Mardelly, Samir Alonso. Fuera del matrimonio, Salomón Salas y doña Sibarita Salas Mazo fueron padres de Nulber Salas. Así mismo, con doña Jose Fina Montoya fueron padres de Gardo Salas.

Natanael Salas, Casado con doña Orla González (primera profesora de la vereda El Aura), fueron padres de Clara Elena. Fuera del matrimonio, Natanael y Maria Dolores Salas (más conocida como Lola, hija de Arcadio Salas Puerta y Carlina Salas), quien vivió en Urabá, fueron padres de Emidio Salas, Isolina Salas y Blanca Nury Salas. Ellos actualmente viven en la vía que va hacia San Pedro de Urabá. Natanael Salas, trabajando en el municipio de Cáceres, con la señora... tuvo a Keyner David Chávez

Don Marcos Antonio Salas tuvo los siguientes hermanos Marcos: Luis María y Juaquín Emilio (esposo de Rosana, papá de Arcadio Salas Carvajal); Rosa esposa de don Justiniano Salas; Felicia, esposa de Rosendo Salas.

A la muerte de la primera esposa del papá de don Marcos Antonio Salas, este vuelve a contraer matrimonio teniendo los siguientes hijos, los cuales vienen a ser hermanos medios de don Marcos Antonio Salas: Angela Salas Jaramillo esposa de don Daniel Carvajal; Adán Salas Jaramillo, Luis Lealdo Salas Jaramillo, Esaú Salas Jaramillo (murió joven), Carlina Salas Jaramillo (esposa de Arcadio Salas Puerta), Maria Florinda Salas Jaramillo (esposa de Luis Giraldo), Ángela Salas Jaramillo, Belarmina Salas Jaramilo , 



sábado, 9 de febrero de 2019

LUIS ÁNGEL GONZÁLEZ - FATIGA: PELE Y COMA...¡Y CHUCE!


LUIS ÁNGEL GONZÁLEZ OLIVEROS

En la foto: Luis Ángel en su puesto habitual de los sábados y los domingos 
atendiendo amigos y clientes.



“Estando viviendo con ella y echarse la soga al cuello”, es la expresión que lanza don Luis al referirse a la pareja que contrajo matrimonio en enero de 2019 luego de más de veinte años de convivencia. Y es que para esta boda don Luis fue invitado como padrino. No fue nada trascendental, fue en la misa de 12. Luis se encontraba atendiendo su puesto de venta de alimentos –tamales, huevos sancochados con arepa, arroz con leche y bananos- cuando llegó el novio y le dijo “venga pues que ya es hora”. Luis dejó su sitio de trabajo y fue a apadrinar a una pareja que desde hacía un mes le había pedido ese favor.

En una relación de pareja, las parejas son perfectas, o perfecto el rol que desempeña cada miembro. Parece que los complementos se fundamentan en actitudes y personalidades en oposición. La benevolencia apacigua la ira; la verdad delata a la falsedad; la sumisión cede ante la dominación. En palabras de Luis, lo resume así: “lo que le digo es que esa señora es muy aguantadora; ese vergajito es muy necio. Ese verraco es como enamorao”

Todo en la vida cambia, hasta los contratos conyugales no son lo mismo ahora. “Yo me casé y ran, ran. Recibe a fulana por esposa y mujer. Y nos casaron, y desen la mano, y ya. Y ya no había nada más que firmar ni nada. Uno iba y firmaba el documento allá en la casa cural…y en la iglesia no tenía que firmar nada. Ahora tiene que firmar allá en la casa cural y venir a firmar allí. El matrimonio que conste que sí se casaron. No sé si es para los de primera, o si es para los que viven arrejuntaos. Eso queda comprometido en dos veces”.


El compromiso y la honestidad de los contrayentes no se mide por la cantidad de invitados ni por los gastos generados. Luis cumplió con el favor y volvió a sus ventas como es costumbre los sábados y los domingos. No se sabe de fiestas, de luna de miel ni de viajes de boda. “Yo los largué allí en la puerta y no supe pa´donde voltiaron. Yo me vine pa´ca. Yo creo que ellos están haciendo viaje pa´isen (se refiere la vereda)”, dice Luis con risas que denotan lo ordinario del acto.

INFANCIA Y ESCUELA
Luis Ángel González Oliveros nació el 7 de agosto de 1947. “Cada que se llegue el 7 de agosto, Día de la Independencia, cumplo yo años”, lo dice con patriotismo. Cuenta en el momento con 71 años cumplidos. Luis Ángel es hijo biológico de Laura Rosa Oliveros –fallecida- pero fue criado por dos hermanos: Maria Cecilia González y Apolinar González -biatos- quienes lo adoptaron desde los dos meses de nacimiento. Fue criado en Las Faldas del Café. Y en esa suerte que le dio la vida la gente le comentaba cómo fue su infancia: “Dizque me metía en esa maca y ahí me dejaba todo el día. Y yo chille y berre ahí con hambre y nadie dizque llegaba a dame comida. Entonces en esas…y las otras, estaban ellos dos poniendo cuidao, entonces vieron que no había quien respondiera…entonces me cogieron a mí. Me sacaron de la´maca y comenzaron a limpiamen la nalga, y a ver por mi, y a ponemen cuidao. Ya mi mamá no llegó más”.

Luis Ángel era un bebé en los tiempos de la Violencia Política en Colombia. Dice que sus padres adoptivos lo llevaron entre un canasto por los lados de Juntas de Uramita. “Por ahí amanecían conmigo y al otro día volvían y seguían, y hágale, y nadie más se oponía a la vida mía”.

Inicialmente Luis dice que no tuvo escuela porque el papá y la mamá vivían muy lejos de la escuela. “En esa época, cuando se estudiaba, se estudiaba día por medio”, recuerda. En esos tiempos, la escuela no era mixta. Los niños asistían unos días a la semana, y las niñas asistían los otros días. “No es como ahora. Un grupo de gente pa´la escuela. Todos, mujeres y hombres ahí reunidos”.

En la imagen: Iván Guerra, Pimo. Otro cliente de Pele y Coma
Refrescada su memoria, Luis dice que probablemente si fue a la escuela. “…o demás que sí iba, pero entonces uno como lo pasaba era jugando, no aprendía nada (…) En ese tiempo jugábamos era chocho. Yo no aprendí nada”. Gracias a su padre, quién le enseñó a leer, y un poco a escribir, hoy puede dar cuenta de lo que está escrito. “Yo mantengo leyendo por ahí cuadernos, libros. Cuando tengo tiempo leo biblia, libros”.
Él único maestro de su infancia que recuerda, y no por su nombre sino por su apodo, es a “Repleto”. Ante un sobrenombre que puede generar diversas ideas sobre su origen Luis dice: “En ese tiempo era muy tesa la escuela. Entonces resulta que Donaldo (hijo de Manuelito Guerra) era peliador. Echaba bonche todos los días. Pero resulta que el profesor lo cagó, entonces el Donaldo le dijo Repleto. Yo estaba en esa escuela ese día. Le dijo, Repleto hijueputa. Le dijo al profesor chiquitico, era un profesor así chiquitico. Me parece que era Ramón que se llamaba”.

Ya imaginamos la sanción para un alumno de aquellos tiempos que faltaba al respeto del profesor. Dice, “el profesor echó a Donaldo, claro. Lo echó de la escuela”. Y el apodo para el profesor se popularizó en todo el pueblo. “Donaldo lo bautizó así, y entonces la gente quedó llamándolo Repleto. Como era al medio de toda esa gente (…) como fue a la vista de todos los compañeros de estudio, por ahí 150 estudiantes, entonces los otros estudiantes ya le decían era Repleto, y ese viejo le chocaba mucho”.

Luis describe al profesor de pequeña estatura, barrigón y grueso. Cuatro años que permaneció el maestro en el municipio, debió soportar aquel sobrenombre. “lo llamaban y le chocaba mucho; se ponía que escarbaba de rabia”, recuerda.



El castigo que había originado el enojo del estudiante para que bautizase al profesor con ese apodo, era el más conocido en esos tiempos: golpear de manera fuerte la palma de la mano del estudiante con una regla. “Yo estudiaba de aquel lado (San Juliancito) aquí. Eriberto y yo, estudiábamos los dos aquí, Mira la señora, Nelson, Juvenal Valderrama, Libia, Nena, Gilma. Toda esa gente estudiábamos aquí”, dice.

Fue en la escuela jugando con sus compañeros donde Luis ganó su apodo con el cual es conocido en el pueblo: “Fatiga”. No se sabe por qué sus compañeros lo renombraron así. Nombre de pila contradictorio a lo que en realidad representa, o más bien el más indicado para describir a una persona que ha luchado contra las necesidades propias de la pobreza. Con su trabajo y esfuerzo sacó a sus hijos adelante, ha luchado por sus nietos, y gracias a ello, ahora sus bisnietos le dicen “papito”.

Luis es de los González de San Juliancito, primo de ellos. La difunta Nena y el difunto Miguel eran primos hermanos, y eran primos hermanos de él. “Eriberto, ese que saca frutas del otro lado, es primo hermano mío (…) Gonzáles, Gonzáles vivos, no está sino Eriberto apenas de esa familia. Hay Gonzáles, pero ya hijos de él. Pero la familia vieja de Gonzáles viejos, no hay. No queda sino él”, aclara Luis.


Familia sudor y sufrimiento
Tenía Luis 27 años de edad cuando se casó con doña Robertina Durango. Su matrimonio perdura como la durabilidad de muchos artículos del pasado. “Conozco gente de 40 años dejando la obligación por cualquier parte. Unos viejos y otros porque son necios. Usted puede vivir 40 o 50 años y llega el momento en que le choca la mujer, o uno le choca a la mujer, por circunstancias de la vida, entonces se aborrecen. El uno voltea por un lado y el otro por el otro”, opina.
En la foto: Luis, en una tarde de descanso, viendo las imágenes que le comparte Carlos Zapata de su WhatsApp.

De su matrimonio con doña Robertina tuvo ocho hijos. Con su esposa trata de ser lo más comprensivo posible, cosa de la cual pueden dar crédito sus hijos: “no me ven diciéndole ni esto, vea, ni esto”. Dice que cuando el hombre se maneja bien con su compañera, los hijos pueden interceder por papá cuando la esposa echa cantaleta de manera excesiva y que esto puede aburrir al hombre originando la separación.

Se crió Luis por los lados de Santa Agueda y su primera posesión de tierra fue en Platanar. “La primer tierra que yo conseguí, en ese entonces, era muy cara la tierra. Me costó ciento treinta mil pesos, o cien y pedacito. Eso lo tenían era los ricos. Yo vendí eso en 150”.

Para una persona de escasos recursos le era imposible pagar esa suma de contado. Para tener acceso a la tierra, debía haber un trato acordado de pago. Luis dice: “Yo pagué esa tierra a trabajo, a jornal. Y cuando eso, el jornal era por ahí a 25 o 30 pesos el día. La gente trabajaba por 20 pesos un día enterito…por 20 centavos, digo. Pero yo empecé a tener esa tierra estando joven. Entonces en la casada yo vendí eso. Y compré por allá en El Agrio una tierra. Yo viví en El Agrio un año (…) entonces yo vendí esa tierra allá como en 180 mil pesos. Por allá me resultó esa tierra con problemitas, entonces yo no me amañé, y vendí eso. De allá me vine con esa platica y compré esa finca que tengo ahora”.

Vueltas puede dar un hombre, aún dentro de su mismo territorio, hasta finalmente hallar el sitio en el que puede levantar a su familia. “Aquí en San Miguel, al otro lado de Rosendo. Eso llama por ahí El Chulí. La cañada del Chulí llama eso. Por ahí finca de café es sino la mía penas. Por ahí no hay café en ninguna parte. En la mera cafetera mía y el resto ya es rastrojo. Eso es de Riche David”.

La devaluación de la moneda pone a los viejos a hacer comparaciones de valor de las propiedades entre un tiempo pasado y uno más reciente. En sus apreciaciones el dinero no pierde valor sino que son los bienes los que ganan precio. “Y entonces en ese tiempo se hablaba era de pesos, y de ahí pa´cá se fue a miles. La plata se fue multiplicando prontico, prontico. Cuando yo compré allí, ya eran mil, ya no eran pesos. Ya no eran 37 pesos sino 37 mil pesos. Pa´que vea como es que la cosa va bailando”, manifiesta Luis.

En el video: Carlos Zapata no se puede resistir al sabor de los huevos duros.


El trabajo siempre ha sido aliado del hombre virtuoso. Quien presenta esta cualidad recibe las mejores ofertas en momentos difíciles y de necesidad. Así nos lo comenta Luis: “37 mil pesos era un infiernal de plata, pero mucha plata. Pa´uno hacer esa plata tenia era que mayajiar mucho. Tenía yo siete reses en esa finca, cuando me dice Riche David: te voy a vender ese rastrojo ahí´hombe. Usted que es un tipo trabajador, guapo y te estimo hombre, y vos sos verraco. Ahí no había ni un palo de café, no había ni una mata de banano; no había nada. Eso era un rastrojo y eran unos barrancos. Ahí no entraba ni el ganao. (…) entonces me dice: te voy a vender el pedacito de tierra y te tomo el ganao que tenés pa´que vias vos. Y yo le dije: ¿y con qué te voy a pagar el resto pues? –hombre, me lo vas pagando a trabajo que sea, hombre. Y me metí. Le di las siete reses. ¿sabe cuánto me dio por esas siete reses en ese entonces? 27 mil pesos. Y la tierra costó 35. ¿cuánto le quedé debiendo? Ocho. (…)Ya estaba casao yo. Pero le pagué esa tierra cosechando frisol, jornaliando”. Hoy en día Luis Ángel está muy agradecido con Ricardo David por creer en él y darle la oportunidad de tener su tierra para cultivar café, banano y adecuarla para el ganado.

El matrimonio de Luis Ángel fue muy parecido al matrimonio de enero de 2019 en el que él actúo como padrino, aunque con necesidades pudo hacer una modesta fiestecita. Al día siguiente de su matrimonio, que fue un sábado santo, consiguió dinero prestado con el difunto Luis Urrego, “veinte mil pesos pa´mercar porque yo era en luna de miel pero no tenía comida en la casa”, dice Luis con sinceridad.
Durante años debió pagar arriendo para vivir con su familia luego de venirse para el pueblo. Vivió durante ocho años en la casa de Chucho Rua. “Dentré pagándole a siete mil; por último, me lo puso a quince mil, de ahí me subió a veinte, y yo ya no fui capaz. Me quedé ahí porque le había pagado unos mesecitos por adelantao, y después se me cerró que no me arrendaba más”.

Los buenos amigos siempre aparecen en los momentos difíciles y son la salvación. “Pero como yo era tan amigo de los Jiménez, entonces hablé con los Jiménez, con Victor, Alberto, que era compadre mío. Pásese pa´esa casa abajo, pásese. Y me pasé pa´ya, donde era El Zoar, allá en toda la esquina, en esa casa que era de Juan Guerra. Eso era de tapia, ahora tiempos. Allá fui a retumbar”, así lo recuerda.

Barrio el Zoar
Algunas décadas antes, en el casco urbano de Peque, había una zona conocida como El Zoar; esta quedaba por la antigua salida para la Vereda Alto Bonito. “Un barrio de mujeres ahí, cantinas y bebedores. Eso se cayó; eso era una tapiería vieja”, afirma. Era muy común, años atrás, que en los pueblos provincianos como Peque, los lugares en donde el trago iba acompañado de otros placeres, estaban ubicados a las salidas de los cascos urbanos, una manera de evitar las miradas indiscretas y los malos comentarios.

Comenta Luis que el Zoar era un barrio de “mujeres calientes”, y que quien le daba vida y acción a este lugar era el difunto Juan Guerra el cual traía de a cinco y seis mujeres de Ituango (también se le unían a este grupo unas pocas mujeres locales que gustaban de este tipo de placeres); “ese era un sinvergüenziadero el hijueperra”, comenta.

En Pele y Coma no importa la talla de los clientes: gordos y delgados, todos son atendidos por igual por Luis Ángel.
No faltaron los incidentes, o más bien los hechos violentos en este lugar. Aquí murió de manera violenta un agente de la policía. “Se fue bravo pa´llá y en ese tiempo era muy verraco eso. Ahí se juntaba una gallada por ahí del campo pa dar machete y bala…y lo mataron estos güevones”, dice Luis.

Resistencia de los viejos para el trabajo.
Durante décadas trabajaron de sol a sol, o del alba a la penumbra padres, abuelos y bisabuelos. Nadie hablaba de horas extras, de explotación laboral o de códigos laborales. “La gente primero era muy verraca hombre. Jumm, en el tiempo que yo me alevanté, usted se levantaba era a las cuatro de la mañana y a las cinco ya tenía el taleguito con la comidita; y a las seis de la tarde no había salido del trabajo”, sostiene. Uno de los parroquianos que asiste a la conversación, agrega: “en ese tiempo el reglamento era, pardito pal´monte y oscurito pa´la casa”.

En nuestros tiempos, ni patrones ni trabajadores, se someten a semejantes jornadas, “y si usted de pronto por algún acaso le dice: hombre ahí que trabajar siquiera hasta las cuatro y media, le dicen no señor, yo no me comprometía a trabajar de noche”, lo dice Luis Ángel mientras ríe.

30 años de ventero
Luego de entregar la casa a Chucho Rúa, Luis y su esposa se muda para la casa de don Alberto Jiménez. Allí siguen ofreciendo los alimentos a módicos precios a las personas del campo. “Yo le abría oportunidades al campesino pa´que llegara ahí, con maíz, con panela, con café, con lo que quisieran arrimar ahí. Y al otro día eso lo llenaban de bestias así, vea. A levantar carga. Otros lo dejaban ocho o quince días ahí”, dice.

Los sancochos que preparaba la esposa de Luis los fines de semana para los campesinos eran posibles gracias a los fiaos que les otorgaba uno de los carniceros de la época. “Cesar Salas era carnicero en ese entonces. Entonces le dije yo a la mujer mía: vamos allí onde Cesar, camine pa´que él le fie cositas ahí. Entonces ya hablé con él (…) los sábados hacía un comidal de sancocho así, y yo el revuelto lo tenía en la finca. Traía dos, tres cargas de banano por semana, y el día sábado había comida. Y la mujer mía aprendió a trabajar sancocho con el hueso”.

Doña Robertina tenía un fin de semana agitado mientras su esposo Luis se la rebuscaba en las calles del pueblo. “Yo trabajaba aquí en la plaza con cigarrillitos en una casetica que se llamaba Kostazul. Me parece que era de Cenizo, o de Rigo o de José. De uno de ellos, yo no recuerdo; de este José Querenco. Yo trabajé mucho tiempo Kostazul. Vendía aguardiente, cerveza, cigarrillos, galletas, parva, banano maduro. Yo abría toda la semana; a la hora que yo tuviera tiempo. A lo último yo tuve una caseta de esas grandes, ahí. Eso porque me echaron de ahí (…) en tres veces trabajé en esa plaza: una bajo el mango, la otra me fui pa´lla donde hay un almendro al frente del comando. Entonces allá no se amañaron conmigo tampoco, entonces me mandaron pa´cá”.

La familia de Luis  está pendiente de que el puesto de venta siempre tenga el surtido básico de alimentos para atender a los clientes. Aunque las ventas son ligeras en unos días, en otros los huevos y los tamales esperan pacientemente. La ronda de una de las nietas al puesto confirma el hecho.
Nieta: Hola abuelo.
Luis: Quiubo mija.
Nieta: ¿Cómo va con eso?
Luis: Ahí, hay ventas
Nieta: ¿Todavía tiene?
Luis: Hay un poco
Nieta: Ahh, bueno. Chao.
Luis: Ahorita no manden nada.
Nieta: Bueno abuelo

La venta de bananos, huevos sancochados y tamales en la calle Candelaria es una solución alimentaria a campesinos y locales. Por algo el nombre popular de su puesto es “Pele y coma” como él mismo lo acredita. Desde 200 pesos que vale un banano, 500 pesos un huevo sancochado con arepa y 4.000 pesos un tamal, se puede apaciguar el hambre según el presupuesto.

La generación de Luis se ha multiplicado y ahora cuenta con nueve bisnietos. “Daniela ya tiene muchachita y esos son bisnietos ya. El Chavo tiene por ahí dizque un muchachito, también es bisnieto”. En esta casa se llena la olla para hijos, nietos y bisnietos. La preocupación por el alimento de los bisnietos es la misma que siente la madre por sus hijos. El plato del pobre rebosa más de amor que de abundancia. El humilde siempre confía que no faltará el alimento para su familia. Cada niño que viene al mundo trae su arepita bajo el brazo, dice el dicho popular de los pobres. La expresión de Luis "Pele y coma...¡y chuce! quizás indique que la vida solo da reposos para seguir luchando.


ADRIANO GRACIANO HIGUITA: EL MOCHO CHINGÜÍLO

ADRIANO GRACIANO HIGUITA   - ¿Cómo dice aquí? - le pregunta alguien mostrándole un sobrecito de azúcar. – ¡Azúcar!- responde Adriano m...